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Turismo

Samarcanda, la Perla del Este

Cúpulas de la Mezquita de Bibi Khanum, en Samarcanda

Cúpulas de la Mezquita de Bibi Khanum, en Samarcanda | Fuente: Francisco Olmos

13-05-2017 - 00:00h. Francisco Olmos | Hispanatolia

Su nombre dibuja en la mente escenas de tierras distantes, de cúpulas cubiertas de mayólica, de bazares y mezquitas, de comerciantes y conquistadores... Samarcanda, la capital del implacable Tamerlán, da la bienvenida al viajero que visita Uzbekistán.

Solamente su nombre dibuja en la mente del lector escenas de tierras distantes, de cúpulas cubiertas de mayólica, de bazares y mezquitas, de comerciantes y conquistadores. Samarcanda, la capital del implacable Tamerlán, da la bienvenida al viajero como una ciudad del siglo XXI que todavía conserva las imágenes que la hicieron legendaria.

Ciudad milenaria que ha tenido que recurrir al maquillaje para tapar su edad y los conflictos y guerras que causaron estragos en su piel, Samarcanda recibe a sus huéspedes con su particular encanto. Los monumentos imponentes de Tamerlán (Timur) y sus descendientes recuerdan al visitante el poder y las riquezas que se dieron cita en esta ciudad-oasis.

Para conocer el origen de Samarcanda hay que remontarse varios siglos antes de nuestra era. La ciudad no tardó en crecer y convertirse en uno de los centros de la civilización sogdiana. Persas, griegos, incluyendo a Alejandro Magno, bactrios, hunos, kushans, árabes, samánidas, turcos... todos ellos pasaron por Samarcanda. La ciudad vivió momentos de verdadero esplendor económico e intelectual beneficiándose de su privilegiada situación en la llamada de Ruta de la Seda. Sin embargo, para no engañar al lector, hay que decir que poco queda de esa antigua urbe también llamada Afrasiab: un yacimiento arqueológico y un museo con frescos y otros objetos que se remontan a los siglos VII y VIII. Fue Gengis Khan, cómo no podía ser de otro modo, el responsable de arrasar la ciudad.  

Tras unas décadas en el limbo, una nueva ciudad surgió a los pies de su predecesora. Ironías de la Historia, fue Amir Timur, Tamerlán para los europeos, el gran conquistador turco-mongol que decía, falsamente, descender de Gengis, quien haría de Samarcanda el centro del mundo. Para ello, no dudó en enviar de manera forzosa a su capital a los mejores artesanos y artistas de sus territorios conquistados. Persas, sirios, árabes, armenios, indios... todos ellos trabajaron para engrandecer y ennoblecer la ciudad. Monumentos dedicados a representar el poder absoluto del autoproclamado Espada del Islam tomaron el cielo de Samarcanda con sus características cúpulas azules y turquesas, al igual que delicados jardines en los que las fuentes murmuraban y las flores inundaban el aire con su fragancia. 

Bibi Khanum

Toda gran ciudad necesita un gran templo. Timur, consciente de ello y tal vez buscando el perdón de Alá por las carnicerías cometidas contra sus correligionarios, ordenó en 1399 la construcción de la gran mezquita de Samarcanda, llamada Bibi Khanum en honor a su primera mujer, la más influyente en la corte, aprovechando los tesoros adquiridos tras la toma de Delhi.

Según cuentan las crónicas, cuando Timur volvió a la ciudad en 1404 tras derrotar a los otomanos la mezquita estaba casi terminada. Pero nada era suficiente para el Conquistador del Mundo y el portal le pareció que no reflejaba su importancia y poder, así que mandó ejecutar a los dos pobres arquitectos responsables. Tal vez debido a la velocidad a la que se construyó (¡quién osaría retrasarse!), el tamaño monumental o problemas de diseño, la mezquita comenzó a derrumbarse al poco de inaugurarse.

Siglos más tarde, el viajero puede recrearse con el imponente portal, el amplio patio, las bellas cúpulas de las mezquitas secundarias que flanquean la gran estructura principal y su monumentalidad, no en vano la mezquita tenía una capacidad para diez mil fieles. El complejo fue restaurado durante las últimas décadas ya que a principios del siglo XX estaba en un estado ruinoso, pero ello no le resta importancia. La restauración continúa y, si uno tiene suerte y es discreto, puede toparse con trozos de baldosas entre los escombros y la tierra cerca de la gran cúpula. Cómo complemento, se puede visitar el mausoleo de la propia Bibi Khanum, situado a un centenar de metros frente a la mezquita.

Registán

Curiosamente, la vista más representativa de Samarcanda es posterior a Timur. El Registán es la plaza principal de la ciudad, aquel lugar que en 1888 George Curzon, a la sazón diputado británico y que posteriormente llegó a ser Virrey de la India, llamó “la plaza pública más noble del mundo”. Si el viajero llega a ella desde el sur, como es habitual, verá tres edificios. A la izquierda la madrasa de Ulug Beg (1417-1422), donde cuenta la leyenda que el nieto de Timur dio clases de astronomía, a la derecha la madrasa Shir-Dor (1619-1636) y enfrente la madrasa Tilya-Kori (1646-1660), edificios estos dos últimos construidos por Yalangtush Bakhodur, gobernador de la ciudad en el siglo XVII. Pese a la diferencia en el tiempo los tres edificios ofrecen una vista armoniosa de cúpulas, minaretes y azulejos.

Las madrasas de Ulug Beg y Shir-Dor se vigilan a cada lado de la plaza. La primera tiene el honor de ser la más antigua y, según los expertos, la más refinada, mientras que la segunda posee en su fachada la imagen única de dos tigres con soles con caras humanas cazando sendas gacelas, un dibujo que no se ajusta a los cánones islámicos y recuerdan al zoroastrismo que durante siglos fue la religión principal de la región. La imagen del tigre ha sido adoptada por el gobierno y se encuentra también presente en los billetes de 200 soms.

Al igual que Bibi Khanum, el Registán fue restaurado durante le época soviética, rescatándolo de siglos de olvido durante los cuales el desuso y el paso de tiempo pasó factura a sus edificios. Ahora los visitantes pueden entrar en las madrasas, donde las antiguas celdas de estudiantes ahora están ocupadas por tiendas de souvenirs, y maravillarse con la decoración de sus paredes y la caligrafía cúfica. Pasados son los tiempos en los que una disimulada propina al guardia de turno le permitía a uno subir al tejado o a lo alto de los minaretes.  

Shah-i-Zinda

Al norte de Bibi Khanum, lindando con la antigua Afrasiab, se encuentra la necrópolis de Shah-i-Zanda. El complejo, visitado más por locales que por turistas, ofrece al visitante más de una decena de mausoleos de la época timúrida. Allí está enterrado Kussam ibn Abbas, profeta de Mahoma al que los zoroastras recibieron con una decapitación, al igual que parientes y generales de Timur, que descansan en suntuosos edificios que ponen en relieve la delicadeza que llegó a alcanzar un estilo más conocido por su arquitectura vinculada al poder. Por la suntuosidad de sus relieves y azulejos de mayólica, tal vez haya que destacar los mausoleos de Shadi Mulk Aga, sobrina de Timur, y de Shirin Bika Aga, hermana del conquistador, ambos situados frente a frente.


Samarcanda tiene mucho más en su haber que los monumentos descritos en el artículo. El mausoleo del propio Timur, también conocido como el Gur-e-Amir, el observatorio de Ulug Beg, los numerosos edificio funerarios y madrasas diseminados por la ciudad y los bazares y mercados son también lugares que el viajero ha de visitar.

La Perla del Este de Timur que asombro al embajador español en la corte del conquistador, Ruy Gonzalez de Clavijo, aún puede entreverse hoy en día. Ya no quedan los jardines en los que la Espada del Islam recibió al castellano ni los palacios en los que pasaba el invierno planeando la siguiente campaña, pero la huella de Timur y su poder todavía está presente en la forma de icónicos monumentos de ladrillos calentados al sol y baldosas de mayólica. Al fin y al cabo, es la Ruta de la Seda.

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