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Opinión

Pablo Gómez

Pablo Gómez

Crónicas de Oriente

Erdoğan vs Gülen: guerra abierta en Turquía

19-01-2014 - 00:00 CET

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En las últimas semanas hemos asistido a cómo la política turca y concretamente la situación del ejecutivo del primer ministro Erdoğan se ha convertido en tema de portada en medios dentro y fuera de Turquía, a medida que se ha ido desentrañando el hilo de la complicada maraña destapada a raíz de las detenciones iniciadas el pasado 17 de diciembre tras un total de tres investigaciones diferentes por corrupción, que han implicado a destacados funcionarios, cargos y políticos del gobierno y del partido gobernante AKP, incluyendo a varios ministros que se han visto obligados a dimitir... o mejor diríamos que les han puesto la dimisión sobre la mesa.

Este escándalo, que ha salpicado la vida política del país y puesto contra las cuerdas no sólo al propio gobierno sino a la lira turca -que soporta estos días en los mercados los embates fruto de una incertidumbre política en un año marcado por unas elecciones locales y presidenciales-, no puede entenderse sin embargo sin advertir que sólo un mes antes de salir a la luz las investigaciones Erdoğan se embarcó en una cruzada personal para acabar con las "dershane", una especie de escuelas o instituciones ajenas al Estado en las que se preparaba a los jóvenes que pretendían acceder a la universidad; durante años las dershane han sido uno de los principales focos no sólo de financiación, sino también de adoctrinamiento y reclutamiento para el movimiento religioso dirigido por Fethullah Gülen (que vive en un auto-exilio en Estados Unidos), llamado popularmente entre los turcos la "Cemaat" (Comunidad), o "Hizmet" (Servicio) entre sus propios seguidores.

No hay cifras fiables, pero las estimaciones sitúan entre un tercio y más de la mitad la proporción de dershane controladas directa o indirectamente por el movimiento Gülen, lo cual es muy significativo y da a entender contra quién ha ido una reforma educativa que el gobierno turco ha querido sacar adelante a toda costa, con justificaciones más bien vagas y que apuntan en realidad a un claro intento de socavar los cimientos de lo que en las últimas semanas el propio primer ministro turco ha insistido en llamar como "una banda criminal dentro del Estado".

Las razones de este enfrentamiento con la "Cemaat" son en muchos aspectos oscuras y relativamente recientes; el hecho es que durante años y desde su primera victoria electoral en 2002, el AKP -por entonces un "recién llegado" a la política turca- forjó una alianza con los seguidores del movimiento para enfrentarse a un enemigo común: los militares, y sus intentos por influir en la vida política del país y aplastar cualquier atisbo de islamismo o religiosidad en la vida política y social de Turquía.

Con amplia presencia en altos puestos del funcionariado y de la judicatura gracias a su adoctrinamiento pre-universitario en las dershane, los afiliados al movimiento Gülen en la policía y el poder judicial lograron finalmente someter al segundo ejército más grande de la OTAN -tras el de Estados Unidos- y considerado como guardián del laicismo y los valores del fundador de la República -Mustafa Kemal Atatürk- al poder civil: purgas, detenciones, investigaciones y toda una serie de procesos judiciales (Ergenekon, Balyoz, etc) que sería muy largo volver a detallar y que han llevado a cientos de miembros de las Fuerzas Armadas Turcas, en activo o retirados, a prisión.

Esa misma alianza, plasmada en un claro apoyo político del movimiento Gülen al AKP, fue la que permitió en buena medida que en las elecciones de 2007 el partido de Erdoğan pasara de un 34% a cerca del 47% de los votos, y nuevamente a rondar el 50% en 2011. Durante estos últimos años ser seguidor de Gülen ha equivalido en Turquía prácticamente a ser votante del AKP, y podemos decir que así ha sido hasta hace poco. Pero abatido el enemigo común -el ejército y el núcleo duro nacionalista kemalista-, esa presencia e importante influencia de la Cemaat en altos niveles del funcionariado e incluso el mundo empresarial de Turquía ha comenzado a ser percibida por Erdoğan como un peligro para su partido y para su influencia en la sociedad turca. En este contexto, haré un inciso para decir que resulta paradójico pero significativo que en los últimos días hayan surgido voces crecientes -incluso entre los miembros del gobierno- pidiendo que se repitan los juicios por estas supuestas tramas golpistas, y clamando que no todos los finalmente condenados eran culpables.

Las negociaciones iniciadas en 2010 con el PKK en Oslo, su posterior filtrado a la prensa y la investigación judicial abierta contra el jefe de los servicios secretos turcos (la Organización Nacional de Inteligencia, o MİT), Hakan Fidan, pudieron según algunos analistas haber hecho saltar la chispa entre Erdoğan y Gülen que culminó en el "decretazo" para cerrar las dershane, o en que diarios como Taraf revelaran que en 2004 el ejecutivo ya se planteó -aunque se haya negado- acabar con el movimiento Gülen por considerarlo una amenaza dentro del Estado. Ambas medidas tuvieron un amplio eco durante semanas en la prensa ligada a la Cemaat y posiblemente abrieron la caja de Pandora que llevó a Gülen a poner en marcha toda su maquinaria para dar un contragolpe al gobierno del AKP, y demostrarle quién es el que manda. No hay que olvidar tampoco que ya desde hacía tiempo la prensa afín a la Cemaat -como el diario Zaman- venía apostando fuerte por Abdullah Gül como candidato para las presidenciales en detrimento del propio Erdoğan, que no volverá a presentarse para primer ministro y parece haber orientado la continuación de su carrera política hacia el Palacio de Çankaya.

Desde entonces hemos asistido a una guerra abierta en Turquía en la que, curiosamente, medios afines al movimiento Gülen casi han llegado a compartir titulares con la prensa kemalista ligada a la oposición en contra de Erdoğan y su gobierno. La reacción por parte del ejecutivo sin embargo ha sido la peor posible: hemos pasado de la sorpresa a la negación, de la negación a la teoría de la conspiración -la misma esgrimida durante las protestas desatadas por el Gezi Park el pasado verano-, y de la conspiración a las purgas en la policía -con miles de agentes y jefes destituidos- y a los intentos por controlar el poder judicial intentado intervenir en el Consejo Supremo de Jueces y Fiscales (HSYK, por sus siglas en turco), máximo órgano de control de la judicatura en Turquía y que, de prosperar la polémica ley que presentará la próxima semana a votación el AKP ante la Asamblea Nacional Turca, quedaría sometido al ministerio de justicia: una posibilidad que ha despertado las sospechas y reticencias tanto de la Unión Europea como de la oposición política parlamentaria.

La vaga esperanza de consenso que había dado el Partido Republicano del Pueblo (CHP) diciendo a principios de esta semana que aceptaría la propuesta del AKP para una enmienda constitucional conjunta para reformar el HSYK, quedaba rota cuando el jueves su presidente Kemal Kılıçdaroğlu daba marcha atrás a sus propias palabras y rehusaba la oferta del gobierno calificándola de "poco sincera": flaco favor a Turquía y a la credibilidad de su clase política ante sus propios ciudadanos, a mi entender, que deja cualquier iniciativa de mediación y cordura en manos del presidente Gül, quien podría verse en la tesitura de tener que dejar sin firmar una ley presentada por el partido que él mismo fundó -el AKP- que muchos expertos juristas ya han advertido que podría ser anticonstitucional.

El último episodio de la "guerra" a la que hemos asistido en las últimas semanas lo veíamos el pasado sábado 11 de enero, cuando una reunión de la comisión de justicia del parlamento turco derivaba en una pelea entre diputados del AKP y el CHP en la que hubo golpes, puñetazos, patadas voladoras y hasta botellas y iPads por los aires, en una escena tragicómica y lamentable que dio la vuelta al mundo y que recordó a otros países pero que por desgracia cada vez es más habitual entre los parlamentarios turcos, que parecen haber olvidado su papel, a quiénes representan, y el ejemplo que están obligados a dar.

En política el diálogo -y no la confrontación- es fundamental para abordar los problemas de la sociedad. Viendo las imágenes en los medios de la pelea entre sus señorías, estoy seguro de que muchos ciudadanos turcos habrán sentido vergüenza y, lamentablemente, habrán sido al mismo tiempo conscientes de que quienes están actuando de esta forma y convirtiendo la política turca en un espectáculo, difícilmente podrán solucionar los problemas del país si ni siquiera son capaces de solucionarlos entre ellos. Me temo no obstante que ni ésta será la última vez que veamos convertido el parlamento turco en un ring, ni hemos vivido el último episodio del enfrentamiento entre Erdoğan y Gülen: qué consecuencias tendrá eso para Turquía, o para el propio AKP... es algo que está aún por ver.

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