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Opinión

Pablo Gómez

Pablo Gómez

Crónicas de Oriente

Un día para olvidar

14-10-2015 - 00:00 CET

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Aún recuerdo, como si lo hubiera vivido esta misma semana, el día de los atentados del 11-M en 2004 en Madrid. Recuerdo estar desayunando y encender la televisión, y comenzar a ver unas imágenes sin poder asumir la realidad de lo que estaba viendo y oyendo. Recuerdo también que una persona me dijo que aquel era un día para olvidar. Un atentado terrorista, como cualquier suceso o tragedia que conduce a la muerte de decenas, cientos o miles de personas, no es fácil de asumir y remueve algo en nuestro interior que nos deja en estado de shock y en una sensación de confusión e irrealidad. No quiero ni pensar lo que supone por tanto para las personas que lo viven de cerca, o que sufren la pérdida de algún ser querido.

Es en momentos como éste cuando se demuestra de qué pasta están hechas las personas. Habitualmente tragedias como ésta despiertan una oleada de solidaridad que nos hace reconciliarnos con el género humano, para quienes en algún momento han albergado dudas de él... Mahatma Gandhi decía que la Humanidad es como un océano, que no se ensucia porque algunas de sus gotas estén sucias. Pero esas gotas están ahí, y siempre hay quienes buscan sacar provecho de cualquier situación.

Turquía vivió el 10 de octubre de 2015 el peor atentado terrorista de su Historia moderna, superando a los atentados de Estambul en 2003 perpetrados por Al-Qaeda y que dejaron 57 muertos. 97 muertos y 246 heridos, más de medio centenar de los cuales siguen luchando por su vida en cuidados intensivos en los hospitales de Turquía, es el balance de una tragedia que ha vuelto a sacudir a la conciencia del país euroasiático, pese a que –como en el caso de España- el terrorismo no sea algo nuevo para los turcos.

Si algo hemos aprendido en los países que hemos sufrido la lacra del terrorismo es que la unidad frente a este tipo de barbarie es fundamental. Habrá tiempo de sobra para buscar culpables y responsables y protestar... pero lo primero y principal es acordarse de las víctimas y prestarles toda nuestra atención, apoyo y cariño. Sin peros. Sin matices. Está bien hablar de solidaridad, pero hay que demostrarla. Es en estos momentos además cuando la clase política, como representante de los ciudadanos, debe actuar con más responsabilidad que nunca, sentando precedente y dando ejemplo.

En este sentido, tanto la inmensa mayoría de los ciudadanos turcos como muchos políticos del país actuaron tras la masacre del 10 de octubre con sentido común, haciendo un llamamiento a la calma y condenando el terrorismo. Ese, y no otro, debe ser el mensaje en un momento en que la confusión, la rabia y la tensión están a flor de piel. Hay que estar unidos frente al terror, y eso significa no buscar de forma inmediata más culpables que los propios terroristas: de lo contrario, habrán conseguido lo que ellos quieren. Habrán ganado ellos. Cabe recordar también que muchos medios de comunicación turcos no quisieron mostrar las imágenes más impactantes del atentado, lo que supone no sólo un respeto añadido a las víctimas sino negarles a los autores de tal salvajada la oportunidad de ver difundida su obra.

Si antes he hablado de la necesaria responsabilidad, especialmente de la clase política, ha sido precisamente la falta de ésta en muchas personas y especialmente en los políticos lo que ha resultado más decepcionante tras los atentados de Ankara. Con la experiencia de atentados terroristas que tiene Turquía a sus espaldas, ha sido trágico contemplar cómo se ha politizado la tragedia y a las víctimas desde las primeras horas –hasta los funerales- y cómo tanto desde los grandes partidos como desde otras organizaciones se ha intentado explotar política e ideológicamente el ataque del 10 de octubre. Por mucho que estemos en precampaña electoral –o ya en plena campaña- para las elecciones del 1 de noviembre, el espectáculo de ver a políticos de uno u otro signo lanzando acusaciones sin sentido en línea con sus programas electorales, con los cadáveres de los muertos aún calientes... ha sido lamentable, sin más.

Tal ha sido el caso por ejemplo del líder del partido pro-kurdo HDP, Selahattin Demirtaş, quien sólo unas horas después de las explosiones acudió a dar un discurso al lugar mismo del atentado y acusó –cómo no- al “Sultán Erdoğan” de las muertes, llegando a ofrecer cifras exageradas del número de víctimas por las que días después tuvo que pedir disculpas. Una postura que añade más decepción a quienes en su momento vimos en Demirtaş y su partido la esperanza de una nueva forma de hacer política en Turquía si el HDP conseguía distanciarse lo suficiente del PKK, lo cual por ahora no ha conseguido.

También profundamente irresponsable ha sido la actitud mostrada por su opuesto nacionalista, Devlet Bahçeli, negándose a una reunión con el primer ministro tras los atentados en lo que ha parecido más un brindis a su electorado de cara a la cita electoral a tres semanas vista, que cualquier otra cosa. También podría mencionar aquí otras actitudes en el principal partido de la oposición (el CHP) o en el gobierno, pero son las ya mencionadas las que me han parecido más descarada e irresponsablemente destinadas a arañar votos en las urnas.

Todo lo dicho, insisto, no impide que a su debido tiempo y ya con calma se pidan responsabilidades y se presenten dimisiones, antes incluso de esperar a que las exijan otros. Tal debería ser el caso del ministro del Interior Selami Altınok, por su responsabilidad –hubiera o no fallos de seguridad- a la hora de prevenir este tipo de ataques, como del ministro de Justicia Kenan İpek, por su irrespetuosa actitud sonriendo durante la rueda de prensa cuando una periodista preguntó si se planteaban la dimisión por lo ocurrido, en un momento además en que ya había 86 cadáveres sobre la mesa.

En el presente clima de tensión política que vive Turquía, con problemas dentro y especialmente fuera de sus fronteras, el mayor peligro que existe es que los políticos del país se conviertan no en parte de la solución, sino en parte –importante- del problema; o al menos que esa sea la sensación reinante entre los ciudadanos, como parece ser que está ocurriendo. Todo ello sin olvidar el hecho de que buena parte de la situación que vive este país es fruto de la absoluta indiferencia que durante años y especialmente desde el estallido de la guerra en Siria ha mostrado la comunidad internacional hacia los muchos y crecientes desafíos que ha afrontado Turquía, tanto en lo que se refiere a la lucha contra el terrorismo como por la creciente tensión en su frontera Sur.

Si la repetición de las elecciones generales prevista para el 1 de noviembre no cambia significativamente la distribución de escaños en el parlamento, y no hay tampoco un cambio importante en la actitud mostrada hasta ahora por los cuatro grandes partidos del país para dar a Turquía un gobierno estable que ponga fin a la incertidumbre política, flaco favor estará haciendo la clase política turca a sus representados: y los más satisfechos serán quienes quieren ver una Turquía hundida y sometida, incluidos los mismos terroristas que convirtieron para siempre el 10 de octubre de 2015 en un día para olvidar... Por muy distintos motivos.

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