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Opinión

Pablo Gómez

Crónicas de Oriente

Pablo Gómez

La noche más larga

20-07-2016 - 12:00 CET

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Turquía vivió el pasado 15 de julio su propio 23-F, como los propios medios de comunicación turcos lo han calificado comparándolo con el intento de golpe de Estado que vivió España y su incipiente democracia en 1981, pese a que de aquellas fechas el Congreso de los Diputados de Madrid conserva varios agujeros de bala mientras que la sede de la Gran Asamblea Nacional Turca sufrió un brutal ataque aéreo que dejó varios boquetes en su estructura.

En el momento de escribir estas líneas, menos de una semana después del golpe, la cifra actualizada de víctimas asciende a 240 muertos –sin contar a los militares golpistas muertos en enfrentamientos- de los cuales 62 eran policías, cinco soldados que no participaban en el golpe, y 173 civiles. Otras 1.535 personas resultaron heridas –de nuevo la gran mayoría civiles- de las cuales 623 continúan hospitalizadas.

Pese a que el golpe de Estado me cogió en España, no dejé de vivirlo con gran tensión y temor por los familiares y amigos que tengo en Turquía, reviviendo posiblemente lo que mis padres –siendo yo un niño- me contaban que pasaron en casa al enterarse de la toma del Congreso el 23-F. Quizás si hubiera estado en Turquía hubiera sido uno de los que se hubiera atrevido a desafiar las órdenes de los golpistas saliendo a las calles a protestar, y quizás ahora no estaría escribiendo estas líneas por estar entre las víctimas... No lo sé, es más fácil hablar ahora y después de una noche que se nos hizo especialmente larga, y que posiblemente no olvidemos el resto de nuestras vidas.

Para mí, en las primeras horas en que un aluvión de noticias, rumores, informaciones y desinformaciones comenzaban a llegar desde Turquía, la indignación y sorpresa por el golpe sólo fue comparable a ver cómo en los informativos de la televisión española –más concretamente en TVE- los analistas mostraban una ignorancia absoluta sobre la realidad política y social de Turquía; no sólo eso, sino que prácticamente los comentarios eran casi unánimes en mostrar su apoyo implícito al golpe de Estado con informaciones completamente sesgadas –que si Erdoğan bombardea a los kurdos (¿Es que todos los kurdos son del PKK?? ¿Es que les ataca Erdoğan en persona?), que si Erdoğan financia al Daesh (¿Pero todavía seguimos con ese desvarío??)...- y con los tópicos de siempre sobre Turquía, comparando la situación con Egipto (¿¡!?), y poco menos que diciendo que el ejército turco hacía lo correcto porque había un “islamista” en el poder y eso a Occidente no le interesaba, o incluso tratando de justificar las primeras imágenes de militares disparando contra civiles con comentarios del tipo “bueno, es que es un golpe de Estado, ya se sabe que siempre hay muertos”... Lamentable.

Me indigné por muchas razones: por ver a un grupo de “analistas” y supuestos “europeístas” y “demócratas” dispuestos a dejar Turquía –país clave para Europa- nuevamente en manos de los militares a la primera oportunidad; porque Turquía no es la de hace 20 años, es un país moderno, laico, democrático, candidato firme a la UE (pese a las políticas erráticas de Bruselas con Ankara), y donde tanto a los que les gusta como a los que no les gusta Erdoğan TODOS están de acuerdo en una cosa: que NADIE QUIERE OTRO GOLPE DE ESTADO, porque sería volver a la época de las cavernas, al 12 de septiembre de 1980, a años de dictadura y represión y persecuciones, a los 650.000 detenidos, decenas de miles de desaparecidos y torturados, y decenas de ejecutados en juicios sumarios sin posibilidad de defensa. El ex presidente turco Abdullah Gül lo definía mejor que nadie en la noche del golpe, hablando en directo por teléfono para una cadena de televisión: “Türkiye Afrika ülkesi değil!!” (¡¡Turquía no es un país de África!!). Se acabó la era de los golpes militares y de la intervención del ejército en la vida pública. No, Turquía no es un país africano, señores de TVE, ni tiene nada –absolutamente nada- que ver con Egipto. Entérense bien.

El fallido golpe de Estado del 15-J ha dejado un doble sabor agridulce; por un lado, han sido los muchos militares que no se plegaron a los golpistas junto con la policía, pero sobre todo la gente, quienes han impedido por primera vez en la historia moderna de Turquía que un golpe militar tuviera éxito, demostrando claramente que el mayor garante de la democracia turca son los propios turcos; por otro lado sin embargo, los sucesos del 15-J han dejado más víctimas que cualquier otro gran atentado terrorista que haya sufrido nunca Turquía –superando incluso al centenar de muertos que causó el 10 de octubre de 2015 el Daesh en Ankara- y ha sido paradójica y tristemente el ejército, las fuerzas armadas encargadas de velar por la seguridad de sus ciudadanos y de su país, las que se han vuelto contra su propio pueblo al que sirven.

Yo discrepo del gobierno del AKP y de Recep Tayyip Erdoğan en muchas, muchísimas cosas; soy abierto de mente y no me importa aceptar cuando tienen razón o hacen cosas positivas, así como subrayo mi profunda discrepancia cuando en medios occidentales se habla de forma completamente sesgada de Turquía y especialmente de Erdoğan, bajo un prisma que yo a menudo califico de “Erdoğanitis” o de “Erdoğanpsicopatía” bajo el que se le considera responsable de todos los males y conspiraciones ya sean ciertos o no... Aun así mis diferencias están ahí y en muchas ocasiones son profundas. Pero soy demócrata por encima de todo. Con todos sus defectos, la democracia es el mejor y el más justo sistema de gobierno que ha conocido la Humanidad en los últimos 2.500 años; y ni puedo consentir que se pervierta la voluntad de un pueblo, ni conceder excepciones cuando el resultado no se ajusta a mis deseos o a lo que yo considero que es mejor, ya sea para mi país o para cualquier otro.

Y es que Erdoğan, nos guste o no, HA GANADO UNAS ELECCIONES, y ha sido elegido en 2014 presidente en las urnas por holgada mayoría y por primera vez en la historia del país (hasta entonces al Presidente de la República lo elegía el parlamento). Y el AKP, nos guste o no, ha ganado otras elecciones libres y democráticas el pasado 1 de noviembre... Si Erdoğan es bueno o no para Turquía, y si hay que “derrocarlo”, eso lo decidirán los turcos en las elecciones presidenciales de 2019. Ese es el camino, y es el único válido en democracia: sin trampas, sin atajos. Y ahora mismo buscar culpas del golpe de Estado más allá de los propios golpistas, es como quien culpa al niño que lleva gafas de que le peguen en el colegio, por no citar otras comparaciones.

Y es que, ¿cómo puede un soldado o un militar pagado por el pueblo, que pertenece al pueblo y que sirve al pueblo, disparar contra sus propios ciudadanos? ¿Cómo se puede hablar -como hicieron los golpistas- de democracia, de libertades, de derechos humanos, de constitución... y luego disparar contra civiles desarmados, atacarlos desde el aire, pasar con tanques por encima de coches y personas sin importar las víctimas... o bombardear el parlamento turco, que es la sede de la soberanía popular? ¿Cómo...? ¿Cómo es posible?? Aun así, y pese al dolor de muchas imágenes que han salido a la luz estos días, hay muchas historias para la esperanza y para el orgullo, tanto de ciudadanos que hicieron frente valientemente a los tanques y los soldados armados, como de militares que se negaron a sumarse al golpe o a obedecer a sus comandantes sublevados cuando éstos les ordenaron abrir fuego contra la gente, prefiriendo morir o incluso suicidarse antes que hacerlo.

Por todo esto me indignan no sólo muchos comentarios que leo estos días en distintos medios occidentales sobre Turquía o sobre lo ocurrido el día del golpe, sino también quienes califican a cualquier votante del AKP o de Erdoğan como poco más que un monigote de la Anatolia profunda sin conciencia ni capacidad de reflexión, que se limita a votar en masa cual oveja e ignorante; pensar así, o creerse que esa es la razón de los triunfos sucesivos del AKP en Turquía, eso para mí sí es ser ignorante: demuestra de hecho una tal ignorancia sobre Turquía y sobre su realidad, que desde fuera sólo causa estupor y vergüenza.

Por supuesto que los partidarios del AKP y de Erdoğan se echaron a la calle la noche del golpe, cuando el presidente turco pidió a la gente que no se quedara en casa como decían los golpistas, sino que salieran a hacerles frente; por supuesto que los acontecimientos han reforzado a Erdoğan; pero resulta un completo error hablar de una pugna entre partidarios y detractores del carismático político turco: gente de todo signo político y opinión salió a enfrentarse a los militares, y ha salido los días siguientes a manifestar su alegría porque por primera vez desde la fundación de la República en 1923 un intento de golpe de Estado en Turquía ha sido frustrado... Y no ha sido gracias al ejército, ni a la policía ni a los servicios secretos, ni siquiera a Erdoğan: ha sido la gente, el pueblo, los ciudadanos, la “nación” (millet) la que lo ha impedido. Eso seguramente tardará décadas en olvidarse, y hará que posiblemente el del 15-J sea el último alzamiento militar que veamos en Turquía en muchos, muchísimos años.

Esa unidad, que los turcos han demostrado siempre a lo largo de la Historia frente a cualquier enemigo exterior, la hemos visto no sólo en el parlamento, cuyos diputados no dudaron en sumarse –en un parlamento aún con los boquetes causados por las bombas- a una inusual condena unánime al golpe (recordemos que hasta ahora los partidos turcos no habían conseguido ponerse de acuerdo nunca, ni siquiera contra el terrorismo...), sino también en medios de comunicación y en personas a nivel individual -cuántas conocemos aquellos que tenemos familia y amigos en Turquía- que siempre han estado en contra del actual gobierno o de Erdoğan... pero que no han dudado en echarse a la calle y en subrayar la unidad, la indignación y el rechazo unánime frente al golpe: frente a la barbarie, la imposición y el regreso a las cavernas. Hemos visto a partidos de todo signo y condición, a ciudadanos de todo tipo y opinión, nacionalistas, conservadores, liberales, kemalistas, socialdemócratas, mujeres con y sin velo, turcos, kurdos, sirios... Académicos, empresarios, instituciones, deportistas, personajes del mundo de la cultura, periodistas... Todos clamando el mismo mensaje: DARBEYE HAYIR... NO AL GOLPE DE ESTADO.

¿Y quiénes hablan o pretenden dar lecciones de democracia? ¿Los que defendieron el intento de golpe de Estado? ¿Los que aún después de todo lo ocurrido siguen defendiendo a los golpistas? ¿Los que siguen viendo únicamente una Turquía dividida entre partidarios y detractores de Erdoğan? ¿Los que están dispuestos a justificar cualquier medio para apartarlo del poder? ¿Los que no respetan ni aceptan la voluntad democrática de las urnas? ¿Los que son incapaces de aceptar otra opinión y valorar como iguales a quienes no piensan como ellos? ¿Los que creen que todo vale para modelar Turquía a su voluntad y no a la de sus ciudadanos? ¿Los que ven en el fracaso de los golpistas una mala noticia? ¿Los que llaman “dictador” a Erdoğan y luego defienden un golpe de Estado? ¿Los que quieren lo que no quisieran para ellos... esos son los demócratas?? No. Ser demócrata no deja lugar a medias tintas: o se está del lado de la democracia, o se está del lado de los golpes de Estado. Y quienes parece que no lo han aprendido aún, cargan a sus espaldas con una parte de esos 240 muertos.

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