El Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), con el Primer Ministro Recep Tayyip Erdoğan a la cabeza, han hecho más que ningún otro gobierno anterior para que Turquía forme parte de la Unión Europea. Sin embargo, siete años después de la llegada al poder de los conservadores cabe preguntarse el por qué de dicha “eurofília”. En teoría, el deseo por parte del gobierno del AKP de que Turquía se adhiera a la UE no es más que el deseo generalizado de que Turquía avance, pues el país se beneficiaría ampliamente de dicha adhesión. Eso es vocación. No obstante, desde algunos círculos se piensa que la posición europeísta del gobierno de Erdoğan responde más al deseo de legitimarse en el poder frente a las reticencias del establishment laico. La discusión está servida.
Se tenga la opinión que se tenga, nadie puede negar los avances en materia económica y de libertades que ha propiciado el AKP. Su aproximación liberal a la economía, con la consiguiente privatización de algún monopolio estatal, ha ayudado a que el país ahora mismo sea la sexta potencia económica de Europa. Las reformas sociales, como por ejemplo el canal estatal que emite en kurdo, constantemente boicoteadas por la oposición, han acercado a Turquía a los estándares exigidos por la Unión Europea. Todo ello, el convencimiento de que Turquía debe entrar en la UE, es innegable. Pero la duda viene cuando nos preguntamos por qué un partido de raíces islamistas hace tanto para que su país se una a la UE.
En un principio, no debería dudarse de la buena voluntad de los dirigentes del Adalet ve Kalkınma Partisi (AKP) al igual que siempre se ha de hacer presunción de inocencia. Si es así, Recep Erdoğan, Abdullah Gül y compañía solamente se preocupan del futuro de Turquía, y por ello quieren que su país entre en la Unión Europea (algo que beneficiará a ambas partes). Si se tratase de un partido político completamente asentado, cuya legalidad nunca fuese puesta en duda, el debate terminaría ahí. Sin embargo, habría que tener en cuenta otras variables, que harían dudar de las razones que están detrás del europeísmo del AKP.
El Partido AK llegó al poder en el 2002, tras dar la campanada en las elecciones. Las dudas surgieron entonces pues muchos de sus miembros habían pertenecido durante los 90 al islamista Partido del Bienestar (Refah Partisi). Éste partido gobernó Turquía en un gobierno de coalición durante un año bajo el mandato de su líder, Necmettin Erbakan, que fue expulsado del poder en 1997 gracias a un golpe del ejército, conocido como «postmoderno». Estas dudas se veían reforzadas con críticas declaraciones «antiseculares» que hicieron que Erdoğan fuese encarcelado en 1998. No es de extrañar entonces que el AKP se sienta inseguro, pues la historia turca muestra que una victoria en las urnas no tiene por qué significar una posición de inmunidad, y menos para un partido de raíces islamistas.
La delicada posición del AKP se vio perfectamente cuando estuvo cerca de ser ilegalizado por «actividades en contra del laicismo,» solamente faltó un voto de uno de los miembros del Tribunal Constitucional para que el partido fuese clausurado. En un país con dos importantes estamentos (militar y judicial) controlados por la oposición es normal que el Partido de la Justicia y Desarrollo busque mirando al exterior una forma de legitimarse en el poder, y ésta podría ser la Unión Europea.
No es de extrañar que los miembros del AKP se sientan más seguros bajo la protección de la UE que bajo la estricta mirada del establishment laico de Turquía. Sin ir más lejos, los jueces europeos serían más tolerantes en casos que involucren a la religión que sus homólogos turcos, cuyo punto de vista sobre el laicismo los hace más intransigentes. Por lo tanto, mejor ser juzgados por juristas europeos. Este es solo un ejemplo del amparo que la Unión Europea daría a los conservadores turcos, y por ello podría ser una de las principales razones de la postura pro-europea del gobierno del Partido de la Justicia y el Desarrollo. Además, la adhesión de Turquía a la UE supondría la pérdida de parte del poder que detentan las Fuerzas Armadas Turcas (TSK), uno de los rivales más acérrimos del AKP dentro de Turquía, pues ese es uno de los requisitos indispensables para que el país euroasiático pueda entrar a formar parte de la Unión Europea. Así pues, no solamente ayudaría a que el Partido AK se asentase en el poder, sino que también debilitaría a uno de sus mayores críticos: el ejército.
El intento de erosionar el poder de las TSK ya comenzó hace seis años cuando el parlamento aprobó un paquete de reformas que limitaban la influencia del ejército, particularmente en el Consejo de Seguridad Nacional (MGK). De hecho, en el 2004 fue elegido por primera vez un civil para ocupar el puesto de Secretario General del MGK. El último episodio de la pugna entre gobierno y ejército, que merecería al menos un extenso artículo, ha sido la reforma del Código Penal que permite que los militares sean juzgados por tribunales civiles. Poco a poco, el poder civil va ganando terreno al militar. Por supuesto, estas reformas están encaminadas a allanar el camino de Turquía hacia la UE, sin embargo también sirven para minar la influencia de las Fuerzas Armadas y para que el AKP se granjee el apoyo de Europa, que siempre apoyará al gobierno en caso de confrontación con los militares. Por lo tanto, el proceso de adhesión a la UE, independientemente se cuando se produzca ésta, está afianzando en el poder al Partido de la Justicia y el Desarrollo en detrimento del ejército y está ayudando al AKP a recabar apoyos en el exterior.
A pesar de todo, aún se pronto para aventurarse a afirmar que el gobierno de Erdoğan desea la adhesión de su país a la Unión Europea con el objetivo de legitimarse en el poder, es tarea del tiempo sacar a la luz la verdad. Podría ser que realmente exista una vocación sincera del ejecutivo del AKP por entrar en la UE, o que ambas circunstancias se dan a la vez. Aún así, el gobierno debería tener el beneficio de la duda, y por lo tanto, hasta que no se demuestre lo contrario, el deseo de adherirse a la Unión es más o menos sincero. Pero como dijo Plinio el Viejo: «la única certeza es que nada es seguro,» por lo que siempre habrá que ser críticos.
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