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Opinión

Francisco Olmos

Francisco Olmos

Paz en casa, paz en el mundo

Neo-otomanismo

08-03-2009 - 11:15 CET

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La mediación turca en el conflicto sirio-israelí, el apoyo incondicional al pueblo palestino, el desplante de Erdoğan en Davos, los lazos estrechados con las naciones árabes... Todos estos acontecimientos encaminan la política exterior turca hacia Oriente Medio, hacia los antiguos dominios del Imperio Otomano, de ahí que dicho giro se conozca como Neo-Otomanismo.

Desde su fundación en 1923, la política exterior de la República de Turquía ha estado enfocada casi por completo a Occidente, es decir, a Europa y Estados Unidos (que Turquía sea un miembro de la OTAN y que aspire a entrar en la Unión Europea son ejemplos de ello). La filosofía reinante se resumía en la cita de Atatürk “Paz en casa, paz en el mundo.” Durante décadas, Turquía se ha decantado por la cautela y la neutralidad, evitando involucrarse directamente en distintos conflictos que tuvieron lugar cerca de sus fronteras (la guerra entre Irán e Irak, la reciente invasión norteamericana de Irak, los diferentes conflictos entre Israel y sus vecinos árabes...). Sin embargo, la prudencia y la discreción han dado paso al protagonismo y la injerencia de Turquía en Oriente Medio.

El gobierno conservador de raíces islamistas del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), liderado por el Primer Ministro Recep Tayyip Erdoğan y el Presidente Abdullah Gül, ha decido dar un paso al frente y reclamar el protagonismo en los territorios que estuvieron gobernados por el Imperio Otomano, de ahí el término de neo-otomanismo. Las relaciones entre Turquía y los demás países árabes han mejorado sustancialmente en los últimos años debido a los esfuerzos del AKP. A priori, esta apertura del horizonte diplomático no tendría por qué tener ningún inconveniente, pero no es así.

Turquía empezó con buen pie su andadura en la política de la región. Su mediación, ahora rota, entre Siria e Israel le granjeó la aprobación de todo el mundo. También jugó un papel importante en el acercamiento entre Israel y Pakistán. Pero todo el prestigio ganado se perdió con la parcialidad que Turquía, o mejor dicho, el Gobierno del AKP, demostró en el reciente conflicto en Gaza. El llamamiento al “pueblo hermano” Palestina por parte de Erdoğan y los suyos parece algo ridículo, y ahí es donde comienza a flaquear el neo-otomanismo del AKP.

El único vínculo realmente sólido que une a turcos y árabes (entiéndase sirios, jordanos, palestinos, y demás naciones musulmanas de la región) es la religión. Pero ya está, pues los vínculos culturales son más difíciles de distinguir y Atatürk borró gran parte de la influencia árabe en el idioma con la introducción del turco moderno. De hecho, probablemente tengan más en común un turco y un griego que un turco y un palestino. No obstante, ese no es el único punto por el que cojea el neo-otomanismo. Bajo ese estandarte, Turquía ha mejorado las relaciones con Irán (el propio Erdoğan dijo en Washington recientemente que: “los países que se oponen al programa nuclear de Irán no deberían tener armas nucleares” y se permite a Ahmadineyad rezar en una multitudinaria ceremonia en la Mezquita Azul en vez de discretamente en Dolmabahçe como hacen todos dirigentes extranjeros que visitan Estambul), ha empeorado las suyas con Israel (en palabras de Soner Çağaptay en su artículo ‘Turkey’s Turn from the West’: “De forma increíble, Turquía está tomando una línea más dura con Israel que incluso Arabia Saudita”)...

Da la impresión de que Recep Tayyip Erdoğan está dispuesto a seguir por el camino de mejorar las relaciones con Irán. Sí, el Irán de un radical y extremista como Ahmadineyad, sí, el Irán que desafía a la comunidad internacional con su programa nuclear, sí, el Irán de los ayatolaes. Esa posición es un arma de doble filo. Es cierto que es beneficiosa para Turquía la firma de acuerdos energéticos con Irán. Pero eso es todo. El enfriamiento de las relaciones con los EE.UU. y parte de Occidente, incluyendo a Israel, podría ser el precio a pagar. Eso tendría como consecuencias posibles trabas en las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y Turquía. Estamos hablando del apoyo del gobierno de EE.UU. para que Turquía entre en la Unión Europea, de la amistad del lobby judío norteamericano y de acuerdos comerciales. Que no se queje Erdoğan si Turquía tiene que pagar más por el armamento estadounidense o si el Congreso de los Estados Unidos aprueba una ley reconociendo el “genocidio” armenio ya que el lobby judío no ejercería presión para frenar dicha iniciativa. Similares pueden ser las consecuencias de alinearse del lado de la organización terrorista Hamas, pues hay que recordar el problema de Turquía con el PKK, otra organización terrorista. Las contradicciones del Primer Ministro pueden ponerle en más de un aprieto (recomiendo la lectura de un artículo titulado “The Islamist” por Burak Bekdil en Hürriyet).

Tal vez, el término neo-otomanismo se quede corto, pues Irán y demás naciones del Golfo Pérsico nunca estuvieron bajo el dominio del Imperio Otomano, pero aún así la idea sigue siendo la misma: el deseo de Turquía de jugar un papel clave en Oriente Medio mejorando las relaciones con los países de la región. Si esto se hace con cautela, actuando razonadamente, Turquía podría sacar provecho de ello. Sin embargo, la hermandad con aquellas naciones vecinas por el simple hecho de la religión puede dar al país euroasiático sorpresas bastante desagradables.

Parece ser que el mismo Erdoğan está olvidando que antes que musulmán es turco, y que antes que un ciudadano de a pie es el Primer Ministro de la República de Turquía, un estado laico fundado en 1923. Está muy bien y es de agradecer que Turquía apoye a las víctimas del reciente conflicto en Gaza, pero de ahí a decir “Alá castigará a Israel” y que “trato el asunto de Gaza desde un punto de vista musulmán” hay una gran diferencia. Y el gran inconveniente de todo ello es que mientras que Turquía se gira hacia el Este, se está olvidando del Oeste. Sí, siguen las negociaciones para la entrada de Turquía en la UE, pero la velocidad de las reformas ha descendido vertiginosamente. El Primer Ministro parece estar dando prioridad al Este sobre el Oeste, veremos que consecuencias traerá eso.

El neo-otomanismo tiene poca base y menos sustento, no es más que un intento de recuperar el prestigio de un imperio lejano (que por cierto, los árabes, sí, musulmanes, traicionaron), no de la República, perdido hace siglos. Pero aquí estamos hablando del mundo real, en el que no hay cabida para el romanticismo, como el de Enver Paşa (quien cayó en Asia Central luchando contra los bolcheviques por el panturianismo). Sustentar una política exterior basada en la religión nunca ha dado buenos resultados, y dudo que se los vaya a dar a Erdoğan.

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