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Opinión

Pablo Gómez

Pablo Gómez

Crónicas de Oriente

Egipto al borde del abismo

22-08-2013 - 00:00 CET

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Desde que el general Abdul Fatah al-Sisi, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Egipto, decidiera dar un golpe de Estado el pasado 3 de julio destituyendo al presidente electo Mohamed Morsi, el país del Nilo vive sumido en una grave incertidumbre y los últimos acontecimientos no hacen sino sembrar nuevas dudas y temores sobre el rumbo que puede tomar la nación más poblada del mundo árabe.

Un antiguo cuento hindú que leí siendo un niño mostraba la sorpresa de un hombre que, al recurrir a un hombre sabio en busca de justicia, no comprendía que éste encontrara que ambas partes tenían argumentos y motivos que les daban la razón. Algo así puede ser quizás lo que esté pasando en Egipto, donde sería un error a mi modesto juicio tratar de ver un conflicto entre “buenos y malos”, o entre quienes tienen “ideas, fe y espíritu” y quienes tienen la “fuerza, las armas y el poder”, como declaraba hace sólo unos días el vice primer ministro turco Bekir Bozdağ criticando al secretario general de la Organización para la Cooperación Islámica –el también turco Ekmeleddin İhsanoğlu- por según él no hacer lo suficiente para oir su voz ante lo que está pasando en Egipto.

Sería un grave error y un análisis muy poco acertado pensar que la situación política en Egipto es tan sencilla como eso y simplificar lo ocurrido en las últimas semanas como una simple diferenciación entre demócratas y golpistas, o islamistas y laicos... Ni mucho menos. Son muchos y muy diversos los factores que han influido y siguen influyendo en la política egipcia; tan ingénuo sería pensar que el depuesto presidente Mohamed Morsi seguía contando con el apoyo mayoritario de los mismos ciudadanos que le votaron en las presidenciales de mayo de 2012, como creer que la cúpula militar egipcia actuó movida únicamente por intereses democráticos y sin influencias externas cuando decidió destituirle: para atestiguar lo contrario ahí están los 1.500 millones de dólares que Estados Unidos proporciona cada año al ejército egipcio, o los 12.000 millones entregados el pasado julio al nuevo gobierno interino designado por los militares por varias monarquías del Golfo, incluyendo Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, y Arabia Saudí... Todas ellas temerosas de la influencia y la ola de cambio que podía traer Morsi, y ansiosas por ver un Egipto estable y, sobre todo, maleable.

Quizás todo empezó precisamente en mayo del año pasado, cuando Morsi venció en las elecciones y en una reñidísima segunda vuelta al ex primer ministro Ahmed Shafik, considerado el candidato de la “vieja guardia” que gobernó con puño de hierro y se enriqueció durante los 30 largos años que Mubarak estuvo en el poder, pero también candidato del ejército, por su dilatada carrera militar. La victoria de Morsi en las urnas cogió desprevenida no sólo a la cúpula militar que se había desecho de la marioneta en que se había convertido Mubarak ya antes de las revueltas populares, sino también a Occidente, que acabó por tolerar los cambios traídos por la “Primavera Árabe” y donde aún cuesta asimilar la palabra “islamismo político” y disociarlo de la imagen preconcebida de terroristas encapuchados festejando el 11 de septiembre.

Morsi supo ver muchos de estos obstáculos y actores externos e internos que jugaban en su contra, pero cometió errores graves que acabaron dejándole completamente solo y cavando su propia tumba. Uno de ellos fue la redacción de una nueva Constitución inspirada en una versión –moderada no obstante- de la Sharia o ley islámica, que puso en contra suya a amplios sectores laicos y liberales de la vida política y social de Egipto; otro fue el decreto –que tuvo que retirar obligado por las protestas en la calle- que le otorgaba poderes excepcionales incluso por encima de los jueces, algo que sus partidarios y él mismo defendieron como necesario para llevar a cabo reformas y deshacerse sobre todo de los viejos elementos del anterior régimen, pero que obviamente le valieron la desconfianza y el rechazo de amplios sectores de la sociedad –incluyendo muchos de quienes le habían votado frente a la opción de Shafik- que creyeron que se igualaba a Mubarak y traicionaba los ideales de la revolución; y a todo esto hay que añadir su decisión de hacer frente al ejército destituyendo a varios de sus miembros más críticos, incluyendo el mariscal Mohamed Hussein Tantawi, quien dirigió el país desde la caída de Mubarak hasta la victoria de Morsi.

Cuando a principios del otoño del año pasado el entonces presidente egipcio visitó Turquía, en Ankara muchas voces le insistieron en que el modelo a seguir era el Estado laico a imitación de lo que ocurre en un estado democrático de mayoría musulmana como Turquía; Morsi respondió sin embargo una y otra vez que Egipto tenía su propio camino y que la Sharia sería la inspiración de la nueva Constitución. Los temores de los sectores laicos y coptos (cristianos) y las protestas contra varias de sus medidas hicieron el resto, y cuando coincidiendo con el aniversario de su llegada al gobierno se desataron multitudinarias protestas por todo el país impulsadas por grupos de la oposición, el ejército vio su ocasión perfecta para justificar una intervención que respondía a la “voluntad del pueblo egipcio”; poco después el general Al-Sisi lanzaba un ultimátum que Morsi subestimó claramente, y apenas dos días después aparecía en televisión rodeado de líderes religiosos y políticos para anunciar que Morsi ya no era el presidente de Egipto y que sería sustituido por el presidente del Tribunal Constitucional, Adli Mansur, un hombre de perfil bajo y claramente manejable.

Prueba de la soledad en que se había quedado Morsi fue el hecho de que pocos países se atreviesen a criticar el pronunciamiento militar o a calificarlo siquiera como un golpe de Estado, con la excepción de Turquía, cuyo gobierno había logra crear estrechos lazos políticos y económicos con Egipto bajo su mandato, y donde la experiencia de cuatro golpes militares –y varias intentonas frustradas- desde 1960 llevó a una condena unánime de todos los partidos políticos con representación parlamentaria. Distinto fue el cariz con el que se vieron los acontecimientos en las naciones del Golfo –que tardaron literalmente “minutos” en felicitar al nuevo presidente designado por el ejército- y en Occidente, donde al silencio que durante días mantuvo la Unión Europea se sumó a la ambigüedad de Estados Unidos, hasta que finalmente su Secretario de Estado John Kerry se refería a principios de agosto a la destitución de Morsi como una “restauración de la democracia” solicitada por “millones y millones de personas”.

Personalmente, haré un pequeño parón en este punto para expresar que creo que es difícil que un golpe de Estado o una intervención del poder militar en el gobierno civil que someta a éste último al anterior pueda considerarse como un acto de reinstauración democrática. Sin duda la situación era y es compleja en Egipto y no es fácil en este momento –ni lo será durante meses o años, posiblemente- afirmar qué opciones le quedaban al país o qué hubiese sido lo mejor para evitar que Egipto acabase en el peligroso camino en el que se halla inmerso. Quizás sea algo que sólo puedan dilucidar, desde una perspectiva más amplia y con el paso del tiempo, los libros de Historia. Lo cierto es que Morsi fue elegido democráticamente como presidente del país en unas elecciones libres, y acertada o no su elección o sus medidas, sin duda conocemos casos en Occidente donde gobiernos electos se han vuelto más o menos impopulares… Sin que por ello pudiéramos justificar o nos gustaría ver a la cúpula militar interviniendo para elegir a un nuevo ejecutivo.

En democracia existen métodos y vías para hacer frente a un gobierno impopular o incapaz –con todo lo subjetiva que puede ser esa afirmación- incluyendo la vía judicial y por supuesto la presión política y social, que ya estaba ejerciendo su efecto con varios boicots anunciados por la oposición egipcia. Ni las manifestaciones –por muy numerosas que sean- han sido ni pueden ser una forma de evaluar la voluntad popular –hay muchas y muy variadas razones por las que la gente se manifiesta o desiste de hacerlo- ni la imposición unilateral de la voluntad del poder militar sobre el civil puede ser un acto democrático… Esto claro, si creemos de verdad en la democracia, lo cual no siempre es fácil cuando quien gana no es de nuestro agrado. Por eso sorprende tanto el silencio en Occidente que siguió al golpe en Egipto… Y por eso resulta tan sospechoso.

Desde entonces y menos de dos meses después de aquellos acontecimientos, resulta difícil ser optimista. Las protestas contra el gobierno se extienden cada vez más y lo que es peor, las posturas se radicalizan. Sólo en la última semana unas 900 personas han muerto por el desalojo de las acampadas que los partidarios de Morsi mantenían en varias plazas de El Cairo, desafiando el ultimátum lanzando por el gobierno y dejando impresionantes imágenes y escenas que invitan a la reflexión... Cerca de un millar de miembros de los Hermanos Musulmanes han sido detenidos desde julio, incluyendo su líder Mohamed Badie. Y mientras los Hermanos Musulmanes insisten en que no cesarán las protestas hasta que Morsi retorne al poder –algo que actualmente parece una ilusión alejada de la realidad- las autoridades egipcias han impuesto un toque de queda, han declarado el estado de emergencia, y se multiplican los informes de detenciones arbitrarias –incluyendo a periodistas-, torturas, muertes y desapariciones misteriosas, cierre de canales de televisión y periódicos, y una persecución implacable a cualquier voz crítica con acusaciones de “traición al Estado” y calificando sin diferenciación a cualquier persona que participa en las manifestaciones de “terroristas” y de cometer “actos de terrorismo”…

Toda esta retórica y estos hechos suenan realmente muy poco a democracia, y por desgracia recuerdan demasiado a lo que ocurrió durante la era Mubarak. Igualmente recuerda a esa época la propuesta de ilegalizar a los Hermanos Musulmanes que baraja el ejecutivo egipcio para intentar acabar con dicho movimiento… Una opción tan peligrosa, como irrealizable.

Hay evidencias ya de que amplios sectores de la vida social y política de Egipto comienzan a temer el camino marcado por los militares y a no ver nada clara la restauración de una verdadera democracia: no al menos la que buscaban cuando expulsaron del poder a Mubarak en febrero de 2011. El golpe más reciente y fuerte a la credibilidad dentro y fuera de Egipto del nuevo gobierno interino designado por el ejército llegaba la semana pasada, con la dimisión fulminante e irrevocable de Mohamed el-Baradei, premio Nobel de la Paz y destacada figura liberal y laica de la oposición, que había sido designado por Mansur como nuevo vicepresidente del país en un claro gesto hacia Occidente, donde la figura de Baradei siempre ha sido muy valorada por su moderación. El ya ex vicepresidente anunció su renuncia en protesta por la matanza y la violencia cometida por las fuerzas de seguridad durante el desalojo de las acampadas en El Cairo, y ahora se enfrenta a una acusación de “traición” ante los tribunales, aunque por el momento ha decidido refugiarse en Europa en lo que puede ser una señal de lo que le espera a Egipto.

Poco después seguía sus pasos el portavoz del Frente de Salvación Nacional (FSN), Jaled Dawud, consternado por la masacre en Egipto y contrariado por la negativa de su grupo a condenarla. El propio FSN se encuentra debilitado y profundamente dividido, mientras formaciones islamistas que en su día dieron la espalda a Morsi y apoyaron su derrocamiento, como el Partido Al-Nour, comienzan a darse cuenta de su error y a distanciarse de la política dictada por las nuevas autoridades a medida que sus propios militantes van expresando sus críticas por la represión contra los Hermanos Musulmanes y quienes alzan su voz contra el gobierno. No es difícil tampoco darse cuenta de que las protestas cada vez más no cuentan sólo con partidarios de Morsi, y de que hay un creciente número de participantes en ellas que no están relacionados con los islamistas, pero que simpatizan con los Hermanos Musulmanes porque parece que son los únicos que hacen frente al gobierno y a la cúpula del ejército que lo dirige.

Así las cosas, con una situación cada vez más tensa y una represión que está avivando las protestas así como los ataques de extremistas en la Península del Sinaí, es difícil atisbar un rayo de luz al final del largo y oscuro túnel que atraviesa en estos momentos Egipto. Los principales dirigentes de los Hermanos Musulmanes han asegurado que no tienen nada que ver con los incidentes violentos –acusan al gobierno de organizarlos para justificar las represalias- y que su lucha seguirá siendo pacífica pase lo que pase; pero con cientos de ellos encarcelados, con la policía abriendo fuego contra civiles, y con unas posiciones cada vez más exacerbadas entre partidarios y detractores de Morsi, cuesta imaginar hasta qué punto podrán controlarse o evitarse los estallidos de violencia… que podrían degenerar en algo mucho peor.

Pero si hay algo que está perjudicando más que nada a la situación en Egipto, es la inacción por parte de la comunidad internacional, que en pocas situaciones como en ésta resulta más evidente que se está dejando llevar por intereses que a la larga podrían salirle muy caros. Resulta difícil pensar si no se ha alcanzado ya un punto de “no retorno” en Egipto; recientemente el presidente turco Abdullah Gül manifestaba que lo que está ocurriendo en ese país recuerda peligrosamente demasiado a cómo se inició el conflicto en Siria, y no es difícil ver ciertos paralelismos, por mucho que sean dos países y dos situaciones diferentes.

La violencia sólo engendra más violencia, y una democracia en un Egipto inmerso en la violencia y la represión, resulta imposible, de igual forma que una transición viable en Egipto sin los Hermanos Musulmanes, es una quimera. Un Egipto inestable, es una amenaza para la paz en la región; pero la perspectiva de un país de la importancia geoestratégica de Egipto, sumido en una guerra civil, supondría un peligro para la paz mundial. Sólo cabe esperar que Egipto no se acerque demasiado al borde del abismo, porque si cae… pueden ser muchos los que acabe arrastrando con él.

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