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Opinión

Francisco Olmos

Francisco Olmos

Paz en casa, paz en el mundo

Putin marca el camino

01-02-2016 - 00:00 CET

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Tras las elecciones generales que tuvieron lugar en noviembre del 2015 y que sirvieron para volver a asentar al Partido de la Justicia y Desarrollo (AKP) en el gobierno, Erdoğan vuelve por sus fueros al insistir en que un sistema presidencial es lo más acertado para Turquía, hasta ahora una república parlamentaria. Cómo si se tratase de una panacea para todos los males del país, el controvertido presidente sigue predicando acerca de las bondades de tener una república presidencialista.

En la actualidad, Turquía es una república parlamentaria en la cual el poder legislativo reside en el parlamento, el ejecutivo en el gobierno encabezado por el primer ministro y el judicial en los jueces, a priori independientes. El presidente de la República ejerce un cargo ceremonial con poderes limitados, entre los que se encuentran el veto de leyes aprobadas por el parlamento, erigiéndose como una figura neutral que represente a todos los turcos. En teoría.

Desde la llegada a la presidencia de Recep Tayyip Erdoğan el papel del presidente ha cambiado por deseo expreso del antiguo primer ministro. Tal y como estaba establecido en los estatutos del propio AKP, Erdoğan no pudo presentarse como candidato a la Asamblea Nacional por cuarta vez, y por lo tanto no pudo continuar ejerciendo de primer ministro. ¿Qué era lo siguiente? El único cargo de autoridad que le faltaba por desempeñar era el de presidente, y ese fue su siguiente objetivo.

El referéndum constitucional del 2007, impulsado por el gobierno encabezado por Erdoğan, fue un primer paso para que el primer ministro y sus simpatizantes se afianzasen en el poder. Aquel referéndum estableció la elección por sufragio directo del presidente, lo que abrió aún más la puerta a que políticos se hiciesen con la jefatura del estado. Hasta ese momento, era el parlamento quien elegía al presidente. La elección de Abdullah Gül, miembro fundador del AKP y ministro de asuntos exteriores con Erdoğan, causó un gran revuelo entonces, aunque el político conservador desempeñó un papel más neutral que su sucesor.

Como un animal político que lleva más de una década saboreando el poder, Erdoğan no podía limitarse a ejercer una presidencia neutral y sosegada. Pronto se puso manos a la obra, regalándose un faraónico palacio (el Ak Saray) destinado al primer ministro y presidiendo consejos de ministros como si él mismo siguiese al frente del ejecutivo. A un lado quedaba la neutralidad de la presidencia. En mítines pseudoelectorales, en un alarde partidista y parcial, Erdoğan apoyaba veladamente la candidatura de su delfín Davutoğlu y del AKP en las pasadas elecciones.

Pese a su gran y perenne influencia, Erdoğan echa de menos no estar directamente al frente del país. ¿Cómo estarlo tras haber sido primer ministro y presidente? Cambiando las reglas del juego. Es por ello que ahora aspira a cambiar el sistema de la República Turca.

Uno podría defender la posición de Erdoğan poniendo como ejemplos a exitosas repúblicas presidenciales como Estados Unidos y Francia. Sin embargo, estos son países con una larga y establecida tradición democrática. A los senadores estadounidenses no se les tiembla el pulso a la hora de votar contra los designios de su presidente y partido, ¿veríamos algo así en Turquía? O en Francia, donde la justicia no tiene problemas a la hora de oponerse a los deseos del gobierno.

Existe otro país con peso en la escena internacional con un sistema parecido: Rusia. Vladimir Putin hace y deshace a su antojo, con el delfín Medvedev como primer ministro, con la Duma y la justicia sometidas a los designios del presidente. Es la falta de control al presidente, lo que los anglosajones llaman checks and balances, lo que ha permitido esta situación.

Turquía no se encuentra en la situación rusa. Sin embargo, desde hace un tiempo se viene viendo la deriva putinesca de Erdoğan. Ya siguió una estratagema parecida a la del ruso al cambiar la jefatura del ejecutivo por la presidencia, siguiendo arrimado a la llama del poder.

Es innegable que la constitución turca necesita cambios, pero estos no pasan por hacer del país una república presidencialista. El debate abierto por Erdoğan no debe ser prioritario para un país con problemas mayores como la violencia en el sureste o el terrorismo. El cambio de sistema respondería solamente a los deseos del propio Erdoğan de perpetuarse en el poder, desde donde ejercer su autoridad con la connivencia de un parlamento dócil y dominado por su partido. Al país le faltaría ese rol que, aunque ceremonial, debería representar a la nación como una figura neutral y sin fines electoralistas. Tener como tal a un político con su propia agenda y ambiciones es uno de los males que todavía no han superado gran parte de las repúblicas occidentales. 

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