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Opinión

Pablo Gómez

Pablo Gómez

Crónicas de Oriente

Una mirada atenta al Cáucaso

07-09-2008 - 08:12 CET

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Mucho se ha especulado con qué le pudo pasar por la cabeza al presidente georgiano, Mijail Saakashvili, cuando la noche del 7 al 8 de agosto decidió lanzar un ataque sorpresa contra la región separatista de Osetia del Sur, en las regiones montañosas al norte del país, para devolver a esta región “rebelde” de apenas 60.000 habitantes y más pequeña que Cantabria -y que para ser honestos, sólo ha llegado a ser parte integrante de Georgia en los mapas artificiales creados tras la desintegración de la U.R.S.S.- al control de la capital georgiana, Tiflis (o Tibilisi). El movimiento no podría haberle salido peor a este curioso presidente nacido del derrocamiento del gobierno de Shevardnadze y que en sus comparecencias siempre aparece con la bandera georgiana (la famosa Cruz de San Jorge) acompañada de la de la Unión Europea, a la que el pro-occidental Saakashvili reclama su adhesión.

En realidad, si tratamos de acercarnos un poco más a la realidad de esta compleja -y conflictiva- región que es el Cáucaso, no puede sorprendernos tanto ni la acción llevada a cabo por Saakashvili ni el desenlace posterior de los acontecimientos. El Cáucaso es a Asia Central lo que los Balcanes ha sido para Europa; es decir, un mosaico histórico y difícilmente reconciliable de etnias, lenguas, culturas y religiones, que ha sido causa de conflictos en la región desde los tiempos de la misma Roma. Pero no hace falta remontarse tanto para hallar los orígenes del problema que vemos aflorado estos días, y que sólo a ojos de los europeos puede sorprendernos y parecernos lejano. Sin ir más lejos, los circasianos de ojos azules y pelo rubio que hoy residen en Turquía en número superior a los cinco millones vinieron aquí huyendo de la limpieza étnica tras la guerra en el Cáucaso entre los imperios ruso y otomano a finales del siglo XIX (precisamente han sido ellos quienes se han manifestado estos días en Turquía a favor de Abjasia y Osetia). Más recientemente, la desintegración de la U.R.S.S. que siguió a la caída del Muro de Berlín provocó en toda la región del Cáucaso varios conflictos durante los primeros años de la década de los 90 que aún hoy en día siguen sin resolver: la guerra entre Armenia y Azerbaiyán por el enclave de Nagorno-Karabaj es un buen ejemplo, por las atrocidades que se cometieron en ella y por las consecuencias drásticas que tuvo para las relaciones entre Armenia -aliada y dependiente económicamente de Rusia- y Turquía, aliada de Azerbaiyán y que rompió relaciones diplomáticas con Armenia desde entonces; otro ejemplo es, como no, la sangrienta rebelión de Chechenia, aplastada por Rusia a sangre y fuego con enormes dificultades y con decenas de miles de muertos; y finalmente, hemos de referirnos por supuesto a la rebelión e independencia de las regiones de Osetia del Sur y Abjasia en Georgia, que renegaron del gobierno de Tiflis en cuanto este se desligó de Moscú y desde entonces y hasta la fecha permanecían como regiones independientes “de facto”, si bien no reconocidas internacionalmente por ningún otro país del mundo. La independencia causó en su día un conflicto bélico con Georgia en el que hubo miles de muertos, pero sobre todo cientos de miles de refugiados -principalmente georgianos que vivían en Abjasia- que se vieron obligados a huir para siempre de sus hogares escapando de una violencia y una limpieza étnica que, a decir de los observadores, fue no obstante cometida por todas las partes.

Todos estos son conflictos que permanecen desde hace más de tres lustros enquistados en la región, olvidados por el mundo por la desidia o por el simple hecho de que la realidad, tras años de un alto al fuego que ha prorrogado “sine die” el status quo en la zona, ha terminado por imponerse a las resoluciones de la ONU, de la OSCE, o a la determinación de países como Georgia de retornar a sus fronteras originales antes de la desintegración del bloque soviético.

No obstante, conviene no olvidarse para analizar lo ocurrido en Georgia estos días de la más que reciente declaración de independencia de Kosovo, hasta entonces parte integrante de Serbia pero para la que el principio de “integridad territorial” que suele regir en estos casos en la escena política internacional se obvió, quizás por las mismas razones por las que pasaron meses hasta que alguien se decidiera a detener la limpieza étnica de musulmanes en los Balcanes, especialmente durante la guerra de Bosnia. Hubo países -entre ellos España- que, con buen criterio a mi juicio, decidieron no reconocer la independencia de Kosovo por el precedente que pudiera crear; pero hubo muchos otros -y entre ellos, Turquía- que sí lo hicieron, destacando muchos entre los principales miembros de la UE. Y convendría recordar aquí que ya entonces Rusia anunció que con Kosovo se creaba un precedente contra el respeto a la integridad territorial que hasta entonces había regido en la esfera internacional. Cierto es que Kosovo venía de una intervención militar serbia a la que se acusó de perpetrar una limpieza étnica en la región y que obligó finalmente a intervenir a las potencias de la región.......... Pero dígale usted eso a los rusos, y sobre todo a los surosetios y abjasios, que seguramente puedan alegar exáctamente lo mismo respecto de Georgia para justificar su independencia, ahora reconocida por Rusia. El egocentrismo, la ignorancia y la ceguera política de la que muchas veces pecamos los europeos nos impidió ver más allá de nuestras narices las tremendas consecuencias de abrir la “Caja de Pandora” que representó Kosovo. Y Rusia avisó.

Si Kosovo fue la llave, la acción de un presidente tan ambicioso como impetuoso como es Saakashvili fue el empujón -o la excusa- definitivo que necesitaba Rusia para romper el status quo en la región del Cáucaso y tratar de desestabilizar un país y un gobierno no sólo pro-occidental sino además aliado de Estados Unidos, con ansias de ingresar en la UE y en la OTAN, y que además aspira a convertirse en corredor energético y alberga varios gaseoductos y oleoductos, entre ellos el importantísimo Baku-Tiflis-Ceyhan (BTC, con participación de varias empresas occidentales) que transporta crudo desde el puerto azerbaiyano de Baku hasta Ceyhan, en Turquía, y que pretende ni más ni menos no sólo rivalizar sino ser de hecho la alternativa que Europa necesita a la dependencia energética de Rusia, de la que obtiene cerca del 30% de sus necesidades de gas natural... Todo ello convierte a Georgia en una molesta piedra en una región donde Moscú busca recobrar su antigua autoridad frente a la influencia creciente de Estados Unidos en los antiguos países que formaban el bloque soviético.

¿Qué llevó a Saakashvili a lanzar una ofensiva militar contra Osetia del Sur? Hay quien ha querido ver en ello una jugada maestra en la que supuestamente el presidente georgiano habría buscado la implicación final de la comunidad internacional en su particular “guerra fría” con Rusia. Decir eso es suponer mucho de Saakashvili -entre otras cosas que fuese adivino, seguramente- pero es sobre todo ignorar las razones que había detrás y el tremendo varapalo que se ha llevado Georgia en este conflicto. Echando la vista atrás, aunque independiente desde 1991 la democracia real en Georgia no se remonta a más allá de 4 años, cuando la llamada “Revolución de las Rosas” impulsó al popular Saakashvili hasta la presidencia con un 96% de los votos. Desde entonces mucho ha llovido, sin embargo, y aunque ha habido mejoras muchas reformas han caído en saco roto; ha habido acusaciones de corrupción y la creciente oposición le acusa de despotismo y métodos policiales; recientemente, tras un escándalo por reprimir violentamente una protesta contra su gobierno, Saakashvili se vió obligado a convocar elecciones anticipadas en las que apenas superó el 50% de los votos. Con una popularidad decreciente, el recurso del presidente georgiano ha sido cada vez más la llamada al nacionalismo y al restablecimiento de la unidad nacional georgiana.

Dentro de esta campaña, un hito que tuvo mucho que ver con la decisión de intervenir en Osetia fue la recuperación de Adjaria, una provincia autónoma rebelde de mayoría musulmana con un gobierno títere pro-ruso situada en la frontera con Turquía, retomada gracias a una intervención militar georgiana ordenada por Saakashvili. Desde entonces, la idea de recuperar las provincias rebeldes del norte le rondaba por la cabeza al presidente georgiano como parte del intento de acallar las críticas a su gobierno. Aunque Estados Unidos siempre ha negado conocer las intenciones de Saakashvili, el diario estadounidense Herald Tribune publicaba hace varios días que el gobierno norteamericano había aconsejado al presidente georgiano hace escasos meses no iniciar una acción militar contra Osetia. Otro factor que pudo impulsar finalmente a Mijail Saakashvili a lanzar su ataque fue posiblemente las reticencias que durante la última reunión de la OTAN en abril se mostraron por parte de muchos países miembros -uno de ellos Turquía- al ingreso de Georgia, lo que disgustó profundamente a Saakashvili, que entre otras cosas se jugaba en ello parte de su prestigio político en su país.

Seguramente el presidente georgiano no contaba con la respuesta de Rusia, o esperaba en todo caso que esta se viese frenada por una posible implicación de Occidente. Esta implicación ha llegado tarde, sin embargo, para Saakashvili y su gobierno, seguramente porque en la UE y EE.UU. se conocían sus intenciones pero era difícil respaldarlas, al menos abiertamente. Con su intervención militar en Osetia del Sur el presidente georgiano no sólo rompió unilateralmente el alto al fuego vigente en la zona y acordado con la mediación de Rusia, sino que provocó un desplazamiento masivo de refugiados civiles que huían de la capital osetia -Tsjinval, que quedó en gran parte destruida-; pero sobre todo le puso en bandeja a Rusia la justificación para su intervención, tanto por el ataque a sus “fuerzas de paz” en la zona como por el hecho mismo de que tanto en Osetia del Sur como en Abjasia, Rusia venía actuando desde su independización a principios de los 90 como si de repúblicas propias se tratase, proporcionando ayuda económica y militar -reconocida o no- y sobre todo concediendo la nacionalidad rusa a muchos de sus ciudadanos, que al fin y al cabo rusos se consideran, como así lo atestiguó el último referéndum celebrado sobre la cuestión en Osetia del Sur a finales de 2006, donde nuevamente el sí a la independencia fue abrumador. Cierto es que no se ha podido escuchar la voz de los cientos de miles de refugiados georgianos que en los últimos años han tenido que huir de las regiones separatistas por temor a la limpieza étnica, o que Rusia ha estado apoyando a las guerrillas paramilitares surosetias y abjasias, o que las fuerzas rusas no tenían justificación para penetrar en territorio georgiano y ocupar Gori o puertos estratégicos como Poti... Pero eso poco le importa a Rusia, que ha visto en la acción apresurada de Saakashvili una ocasión única para desestabilizar a su principal rival en el Cáucaso. O como lo expresó más claramente el presidente ruso Medvedev: “un ejército de 20.000 soldados no puede vencer a uno de 800.000”... Georgia no sólo ha perdido Osetia del Sur -incluyendo la parte que aún controlaba de la región-; también ha sido derrotada en Abjasia, donde perdió su último bastión en el valle de Kodori; y además en ambos casos ha perdido ambos territorios irremediablemente para siempre, sin dejar posibilidad a nuevas mediaciones internacionales sobre la cuestión. Pero lo que es peor: Georgia ha marcado claramente sus posiciones contra el gigante ruso, y ahora se enfrenta a un futuro incierto con un ejército destruido, su territorio parcialmente ocupado por tropas rusas y su infraestructura socio-económica seriamente dañada.

En definitiva, no se puede culpar solamente a Saakashvili de algo que se venía gestando desde hace tiempo. El mensaje de Rusia es claro: a partir de ahora, hay que contar con nosotros. Sin que ello signifique un retorno a la “guerra fría” -que nadie quiere, y las circunstancias geopolíticas son totalmente distintas- ni el temor que se ha alimentado estos días de que Rusia quiera hacer lo mismo con las comunidades ruso-parlantes en Ucrania o Moldavia, está claro que la Rusia de hoy no es aquel país en descomposición y en bancarrota económica de hace 20 años. Los tiempos han cambiado y parece que en Europa hemos sido los últimos en enterarnos; Rusia ya no está dispuesta tan fácilmente a perder su esfera de influencia ni a que nadie -y menos Estados Unidos- se inmiscuya en su terreno. Y prueba de este creciente resurgir de Rusia es el hecho de que Turquía -que hasta ahora había jugado un creciente papel en la región- haya querido permanecer neutral en esta cuestión -defendiendo la soberanía de Georgia pero sin ofender demasiado a Rusia-, o su reciente acercamiento a Armenia, aliada de Rusia y que a medio-largo plazo podría ser la alternativa a Georgia que Turquía necesita para dar salida a las reservas naturales de Asia Central a través de su territorio, convirtiéndose en el puente económico-energético entre esta región del planeta y Europa. Tampoco la UE ha querido -o podido- ponerse muy seria con Rusia, y aunque los países del Este buscaban una respuesta contundente finalmente se impusieron las tesis de Alemania y Francia, y las amenazas iniciales de los 27 se quedaron en una simple reprimenda.

En cualquier caso, si no queremos volver a los tiempos de la “guerra fría” conviene no sólo tener en cuenta a Rusia sino además no alimentar tensiones en la zona. Dejarse llevar en estos momentos por la misma impulsividad de Saakashvili y buscar ahora un apresurado ingreso de Georgia en la OTAN será sin duda fuente a medio plazo de graves conflictos. Sin dejarse intimidar por Rusia -que en cualquier caso, aún está lejos de poder oponer algo más que amenazas a la fuerza militar de la Alianza Atlántica-, lo último que necesita la OTAN y los países que la integran es acoger a un país recién salido de un conflicto regional con el máximo rival de la Alianza, con evidentes signos de inestabilidad, y sin garantías de que no vaya a volver a intentar una recuperación por la vía militar de las provincias perdidas, con todo lo que eso implicaría para la OTAN...

Son estas cuestiones “candentes”, como el ingreso de Ucrania -que tiene una importante base rusa en Crimea- en la Alianza Atlántica, o la ampliación del escudo de misiles a países como Polonia o Rep. Checa (¿cómo puede EE.UU. pretender tranquilizar a Rusia justificándolos como una defensa contra Irán...??), las que definirán las futuras relaciones entre la OTAN y Rusia, que se prevén tensas, y las que sin duda traerán nuevos motivos de “roce”. Habrá que estar atento a ellas, al igual que habrá que mantener una mirada atenta al Cáucaso, que aunque olvidado por Occidente, no nos quepa duda alguna de que a no mucho tardar volverá a darnos de qué hablar.

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