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Opinión

Pablo Gómez

Pablo Gómez

Crónicas de Oriente

Turquía después del 12 de septiembre

19-09-2010 - 08:36 CET

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El 12 de septiembre será sin duda a partir de ahora una fecha rememorada en Turquía durante mucho tiempo. Si hasta hace bien poco ese día retrotraía al aniversario del fatídico golpe de estado de 1980 –que precisamente el día del referéndum constitucional cumplió 30 años, y de cuyas reminiscencias nacería posteriormente en 1982 la actual Constitución turca-, a partir de ahora el 12 de septiembre recordará a una gran mayoría de ciudadanos en Turquía el día en que su país dejó atrás el lastre del pasado y dio un paso de gigante hacia un país más democrático, más abierto, y más cercano a la Unión Europea.

Con un rotundo apoyo del 58% de los ciudadanos y una participación que superó el 77%, el paquete con las 26 reformas constitucionales que había sido aprobado por el parlamento turco en mayo pasado salió adelante con un respaldo mucho mayor que el que reflejaban las encuestas más positivas publicadas antes de la consulta. Parece evidente que los indecisos se decantaron mayoritariamente por el “Sí” a las reformas, y que el partido AKP –gran impulsor de las reformas- y su líder, el carismático primer ministro turco Recep Tayyip Erdoğan, han sido los grandes vencedores de este referéndum que había sido planteado por muchos como una especie de “prueba” para el AKP, tras la teórica pérdida de votos que sufrió el partido de Erdoğan en las municipales de 2009. Pero, ¿realmente era esta una prueba de popularidad para Erdoğan y su partido?

En su día, en otro artículo de opinión publicado el año pasado y titulado “Mensajes para el AKP”, ya comentaba por qué en mi opinión la pérdida de votos del AKP había sido más bien anecdótica y por qué era un error tratar de comparar los resultados de unas elecciones generales con los de unas municipales, donde los electores utilizan criterios muy distintos a la hora de plasmar su voto. Es obvio que, en el caso que nos ocupa, una derrota en el referéndum del 12 de septiembre de las reformas constitucionales aprobadas principalmente por los diputados del AKP en mayo hubiera supuesto un duro revés para el partido del primer ministro turco. Pero realmente las encuestas de opinión ya venían mostrando desde mucho antes cómo el AKP había recuperado su intención de voto frente a los principales partidos de la oposición a medida que la situación económica de Turquía comenzaba a despegar, dejando atrás la crisis incluso antes que sus vecinos europeos. En realidad, los únicos que plantearon el referéndum constitucional del 12 de septiembre como una especie de “reválida” para el AKP y su proyecto político fueron los principales partidos de la oposición, principalmente el CHP y el nacionalista MHP, empeñados en no ver más allá de sus narices y en interpretar los deseos del AKP de reformar la Constitución (en realidad, el objetivo final del partido gobernante es redactar una totalmente nueva) como un intento de “islamizar” el país euroasiático.

La jugada no podría haberles salido peor. El MHP vio en este referéndum cómo la mayor parte de sus bases, posiblemente desconcertadas al ver que el único argumento de la formación liderada por Devlet Bahçeli era que las reformas constitucionales debían esperar a las elecciones generales de 2011 (en las que parece que el MHP esperaba ingenuamente la derrota del AKP), hacían caso omiso y apoyaban masivamente en las urnas el “Sí” a las reformas, a tenor de los sondeos realizados. Mejor parado salió quizás el partido nacionalista kurdo BDP (sucesor del DTP, ilegalizado por vínculos con el terrorismo), defensor en estos comicios no del “Sí” ni del “No” sino del boicot por razones políticas a la consulta, pese a que su llamamiento incluso entre la población kurda del sureste de la que se considera representante tuvo un eco más bien pobre entre su propio electorado, a excepción quizás de su “feudo” electoral en Diyarbakır y de las conflictivas provincias fronterizas de Hakkari y Şırnak, donde no está claro qué papel jugo la persuasión del BDP y cuál por contra las posibles represalias del PKK y sus allegados. Aun así los kurdos que acudieron a votar en el sureste de mayoría kurda de Turquía, lo hicieron abrumadoramente (con una media del 95%) a favor del “Sí” a las reformas propuestas por el gobierno del AKP.

Algo más de suerte tuvo el principal partido de la oposición, el CHP, cuyo nuevo líder Kemal Kılıçdaroğlu supo básicamente mantener su electorado, lo cual no es poco, si bien no fue capaz como pretendía de convencer a otros votantes con un discurso basado de nuevo en el recurso al miedo. En este sentido, la llegada de Kılıçdaroğlu al CHP tras el escándalo que forzó la salida de Deniz Baykal hace unos meses ha supuesto un lavado de imagen pero lamentablemente no un cambio de discurso, lo cual resulta cuando menos decepcionante; el hecho de que el principal partido de la oposición continúe recurriendo -8 años después de la llegada al poder del AKP- al argumentario de acusar a la formación liderada por Erdoğan de querer acabar con el estado laico en Turquía, pone de manifiesto una preocupante falta de ideas en una oposición que parece totalmente ciega y desorientada, incapaz de entender y asumir las razones del éxito electoral que continúa cosechando el AKP.

¿Cuáles son esas razones? Precisamente, la apuesta clara por el avance en las reformas democráticas. En un país cuya democracia desde prácticamente sus inicios ha estado tutelada por los militares, el AKP ha sido el único partido hasta la fecha capaz de pararle los pies al poderoso ejército turco –que se considera a sí mismo guardián del estado laico- y marcarle la línea a partir de la cual no debe pasar, ni en Turquía ni en cualquier país democrático moderno. Ello ha sido posible sólo gracias a un respaldo electoral sin precedentes basado a su vez en una apuesta por superar la era post-golpista y avanzar hacia las reformas democráticas y económicas, y el acercamiento a la UE. Todo ello le ha servido al AKP para ganarse la confianza no sólo del electorado más tradicional y conservador del interior de Anatolia, sino cada vez más de los liberales y las clases medias y altas de las ciudades, que ven en el AKP el único capaz de sacar a Turquía del marasmo político en que ha vivido sumida desde hace décadas. La oposición, y especialmente el CHP, ha demostrado claramente que carece de proyecto político, y hoy por hoy no es una alternativa de gobierno: esa es otra de las claves del éxito del AKP entre el electorado turco de toda condición económica y social. No hay alternativa de gobierno, salvo para quienes siguen creyendo en el discurso del miedo o para quienes mantienen posiciones tan enconadas que están dispuestos a seguir votando al CHP o a quien sea al margen de cuál sea su discurso.

Precisamente, la campaña electoral entre el “Sí” y el “No” a las reformas ha estado caracterizada más por los ataques verbales e incluso personales, que por el debate de ideas. Sin restar la parte de culpa que también ha tenido el primer ministro Erdoğan, y siguiendo con lo mencionado en el párrafo anterior, parece que el CHP ha tenido que recurrir de nuevo a acusar al AKP de querer modificar la carta magna para acabar con el estado laico y convertir a Turquía en “un nuevo Irán”, quizás porque sus planteamientos sobre las reformas constitucionales resultaban totalmente incongruentes… Dicho de otra forma: ¿cómo podía Kılıçdaroğlu argumentar que su partido estaba a favor de algunos de los cambios, cuando ha vetado sistemáticamente durante años en el parlamento el más mínimo intento de reforma, ya fuera legal o constitucional? Más que incongruente, suena ridículo para cualquiera que haya seguido de cerca la política turca de los últimos años. Quizás por eso muchos votantes del CHP que hacen gala de su “modernismo” o su “europeísmo” acaban justificando los golpes de estado o la tutela de los militares como única forma de “pararles los pies” a los supuestos islamistas del AKP. Paradójicamente, el único partido que ha hecho algo (mucho más que algo) por acercar a Turquía a Europa ha sido el AKP, y es precisamente en Europa (donde está de más decir que los golpes de estado y las tutelas militares no están demasiado bien vistas…) donde más han criticado la actitud del CHP ante las reformas que tanto necesita y persigue Turquía. Ese mismo CHP cuyo líder, Kemal Kılıçdaroğlu, llegó a acusar a la UE recientemente de aceptar sobornos de Erdoğan a cambio de darle su apoyo a las reformas constitucionales... El mismo Kılıçdaroğlu que después de pasarse todo el verano pidiendo a la gente que acudiera el 12 de septiembre a votar “No”, llegado el día en cuestión no votó porque inexplicablemente olvidó actualizar su censo electoral… Acabáramos.

Pero dejando de lado la política turca, que resulta a menudo demasiado complicada y es difícil de entender incluso para los propios turcos, conviene analizar algunos de los cambios que nos traen estas reformas que han sido aprobadas abrumadoramente por el pueblo turco. Porque es aquí donde está el quiz de la cuestión y donde se demuestra la madurez y el deseo de cambios que tiene el pueblo de Turquía (o como mejor lo expresó recientemente el ministro español de exteriores, Miguel Ángel Moratinos: “Turquía ha demostrado claramente su vocación europeísta”). Aparte de importantes mejoras para los menores, las mujeres o los trabajadores (especialmente los del sector público, que hasta ahora carecían de derechos sindicales básicos), hay cambios importantes como la introducción de derechos sobre la protección de datos personales, la creación de la figura del Defensor del Pueblo, o la posibilidad de que los ciudadanos particulares apelen al Tribunal Constitucional, cambios estos últimos que ahondan en las libertades y derechos individuales y que sin duda suponen un gran paso adelante y alejan a Turquía de la era post-golpista.

Otras reformas introducidas limitan aún más (tras algunos cambios legales ya introducidos en esta legislatura) el poder de los militares sobre el poder civil; ahora por ejemplo los tribunales civiles podrán juzgar a militares, que dejan de estar sometidos únicamente a su propia jurisdicción, y se levantan las restricciones que impedían que los autores del golpe de estado de 1980 que aún quedan con vida rindieran cuentas ante la justicia, algo de lo que se ocuparon en dejar bien atado cuando se redactó la Constitución de 1980. En general, puede decirse que con las reformas constitucionales aprobadas tras el referéndum del 12 de septiembre Turquía no sólo pasa página dejando atrás la era de las asonadas militares, sino que además afronta los tabúes que aún le quedaban pendientes de esa nefasta época.

Pero sin duda los cambios constitucionales que más controversia han suscitado entre la oposición al AKP han sido los introducidos tanto en el Tribunal Constitucional como en el HSYK (el equivalente al Consejo General del Poder Judicial en España, máximo órgano de poder de los jueces y fiscales en Turquía). Para el primero el número de miembros de amplía de 11 a 17 (tres elegidos por el gobierno y el resto elegidos por el Presidente de la República), y se limita por primera vez su mandato estableciendo una duración máxima de 12 años; para el segundo, el número de miembros pasa de 7 a 22, elegidos entre todos los jueces y fiscales en activo que quieran postular su candidatura, y no sólo por designación “a dedo” de la cúpula judicial como hasta ahora. En general se le da a ambos órganos del poder judicial una estructura y un funcionamiento mucho más democrático y sujeto a control del resto de instituciones democráticas, en lugar de actuar como una especie de “segundo gobierno” en la sombra cuyos miembros se elegían entre ellos mismos sin ningún control (por ejemplo, los miembros del HSYK eran elegidos por la Corte Suprema de Apelaciones y el Consejo de Estado, y sus miembros a su vez eran elegidos por el HSYK…), y con capacidad de hecho para frenar cualquier cambio legislativo que mermara su poder. No es casual –ni muchísimo menos- que el AKP haya tenido que acabar recurriendo tras 8 años en el gobierno a la convocatoria de un referéndum para introducir unos mínimos cambios en la Constitución. Aquí es donde se nota que los miembros de la junta militar de 1980 supieron dejar todo bien amarrado para tener atado de pies y manos a cualquier gobierno que en lo sucesivo quisiese cambiar el “Statu quo”, por más que respondiera a la voluntad democrática de la mayoría.

Es en este punto donde los defensores del “No” se escudaron –y se siguen escudando- para votar en contra de unas reformas que a todas luces parecen necesarias y que acercan a Turquía a los estándares de sus vecinos europeos. Y eso que las reformas no son más que un primer paso, y de hecho la opinión común entre los votantes del “Sí” es que son insuficientes (sirva de ejemplo que una de las plataformas ciudadanas más activa a favor del “Sí” a las reformas se llamaba “Yetmez… Ama Evet”, o “No es Suficiente… pero Sí” en turco). El argumento, especialmente entre los votantes del CHP, era nuevamente que el gobierno del AKP pretendía introducir “cambios” en el sistema judicial que acabaran con su independencia; un análisis pormenorizado de esos cambios nos permite ver que lo que hacen es darle un mayor control e interdependencia por parte de las restantes instituciones democráticas del país como en cualquier democracia occidental europea, y sobre todo dotar a esos órganos del poder judicial de una estructura más transparente tanto en su funcionamiento como en su composición. Por desgracia, lo que se deja traslucir una vez más de las críticas vertidas por el CHP en esta campaña es que asocia mayor democracia con “islamización” de Turquía (de nuevo el discurso del miedo), y que el principal partido de la oposición sigue prefiriendo ver un país con déficits democráticos antes que un gobierno susceptible de ser dirigido por lo que se empeña en llamar los “islamistas” del AKP.

Es evidente que Turquía ha dado un paso de gigante tras el 12 de septiembre. Un paso que quizás nos cueste tiempo comprender en su totalidad. De un sistema regido por unas normas que inevitablemente sumían cualquier intento de reforma en un círculo vicioso de apelaciones y anulaciones que durante años ha sido insalvable, los cambios aprobados tras el referéndum constitucional, amén de muchos otros beneficios, permitirán que el Tribunal Constitucional y el poder judicial en general –vistos hasta ahora como los máximos detractores de los cambios y avances en Turquía- actúen realmente como un órgano de justicia y no como un gobierno paralelo cuya misión parecía ser continuar con el “tutelaje” impuesto por los militares tras el golpe de estado del 80. Las reformas aprobadas sin duda alguna le abren muchas puertas al AKP; no para “islamizar” el país como insiste ridículamente el CHP, sino para continuar –como ha venido demostrando por otra parte durante todos estos años- con unas reformas que acerquen al país euroasiático a Europa y lo igualen con los estándares de cualquier país avanzado y occidentalizado del mundo.

Es precisamente ese camino, el camino hacia Europa, el que para beneficio tanto de Ankara como de la UE más se verá favorecido en los próximos años con esta nueva Turquía surgida tras esa fecha del 12 de septiembre, que ya para siempre pasará a formar parte de la Historia. Y es precisamente ese camino, el de Europa y el de Occidente, el que siempre defendió el hombre que sentó las bases de la moderna Turquía: Mustafa Kemal Atatürk... Por mucho que les pese a los votantes del CHP y a todos los que pretenden erigirse en defensores de su legado, la paradoja es que cada vez parece más claro que será un partido supuestamente “islamista” el que acabe cumpliendo el sueño que un día tuvo Atatürk, colocando a Turquía en la órbita de Europa y entre las principales potencias emergentes del mundo. El 12 de septiembre ha sido sólo el primer paso: los demás, están por venir.

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