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Opinión

Pablo Gómez

Pablo Gómez

Crónicas de Oriente

El difícil camino hacia la paz en Turquía

21-01-2013 - 12:00 CET

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La llegada del nuevo año nos ha sorprendido con el anuncio público por parte del ejecutivo del primer ministro turco Recep Tayyip Erdoğan del inicio de una nueva ronda de negociaciones entre Ankara y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) -considerado como una organización terrorista por gran parte de la comunidad internacional incluyendo la Unión Europea y EE.UU.- en el que es ya el tercer intento por parte del gobierno turco de buscar una solución negociada que ponga fin a casi tres décadas de actividad del PKK que han dejado tras de sí un rastro de más de 40.000 muertos desde que en 1984 el grupo armado decidiera recurrir a la vía de las armas para conseguir sus objetivos políticos.

Poco ha trascendido hasta ahora de estos contactos, que hemos sabido que en realidad se iniciaron el pasado noviembre después de que el líder histórico del PKK, Abdullah Öcalan, demostrara que aún tiene una notable influencia entre los militantes kurdos nacionalistas de Turquía al lograr poner fin a una peligrosa huelga de hambre de cientos de presos pese a su confinamiento en la isla-prisión de İmralı, donde cumple una condena a cadena perpetua desde que fuera apresado y juzgado por las autoridades turcas en 1999.

Pese a los informes y noticias que hablan de la buena disposición de Öcalan a una solución pacífica, o de que incluso él mismo consideraría la lucha armada que se empeña en prolongar el PKK como obsoleta en estos tiempos y teniendo en cuenta los cambios políticos y democráticos experimentados en Turquía en la última década, hay varios elementos que siguen lastrando el final de la violencia y que hacen que pese al optimismo relativo mostrado por muchos políticos y medios de comunicación del país euroasiático, mi visión en este asunto tienda a ser más pesimista, o cuando menos escéptica.

Uno de los principales obstáculos al proceso de paz o "proceso de İmralı" como ha sido bautizado en Turquía, lo hemos visto recientemente y sólo unos días después de que el gobierno turco hiciera públicas las negociaciones. Hablo, por supuesto, de los asesinatos de París. La muerte de las tres militantes nacionalistas kurdas ha puesto de relieve que hay fuerzas que no desean poner fin al conflicto kurdo en Turquía, incluso en el seno del propio PKK. Resulta significativo que incluso desde las propias filas del nacionalismo político kurdo en Turquía (BDP, DTK, ...) se haya descartado casi de inmediato la implicación del gobierno turco -que sería una hipótesis ridícula a mi juicio- en las muertes de Sakine Cansız, Fidan Doğan y Leyla Söylemez, y se haya aludido por el contrario a fuerzas externas o a "poderes regionales", en clara alusión al espionaje iraní, que se ha revelado tan activo en el último año en Turquía y en países con intereses turcos como Libia, donde ya hubo al menos un intento conocido de atribuir a Ankara crímenes cometidos por agentes iraníes.

Personalmente, aunque no descarto las luchas internas en el seno del PKK y de sus complejas redes y organizaciones afines en Europa como móvil detrás del crimen -de hecho las pesquisas de la policía francesa apuntan a que los asesinos eran kurdos que conocían a sus víctimas y pertenecían a su misma organización- o incluso una purga interna para quitar de en medio a miembros más o menos molestos y disidentes en el PKK como era el caso de Sakine Cansız, no vería nada extraña una implicacion de países como Irán (o incluso por qué no, puede que Armenia, o Siria...), que podría haber explotado esos conflictos y rencillas internas para alentar unos asesinatos que frenasen el proceso e impidiesen a Turquía librarse del problema del terrorismo del PKK.

Al margen de estas y otras "provocaciones" que podemos esperar sin duda a lo largo de todo el proceso por parte de aquellos dentro y fuera de Turquía que saldrían perdiendo con la paz -sin descartar tampoco a lo que en Turquía se conoce como "Estado Profundo" ("Derin Devlet", en turco)- y que podrían dar al traste en cualquier momento con las negociaciones, otro elemento delicado a tomar en consideración es la propia elección de Öcalan como principal -sino único- interlocutor entre Ankara y el PKK. No cabe duda de que Öcalan tiene un peso político muy importante entre el nacionalismo kurdo en Turquía y entre la militancia de base, y de que puede jugar un papel importante en este ámbito; pero su influencia y su liderazgo real en el PKK son en la actualidad más que cuestionables, y ha habido y hay evidencias suficientes que muestran no sólo una desconexión, sino una desconfianza abierta entre Öcalan y los dirigentes reales actuales del PKK sobre el terreno -como Murat Karayılan- tanto en sus bases en los montes Kandil del norte de Irak, como en sus redes en Europa.

Puede que Abdullah Öcalan siga siendo una figura venerada e incluso idealizada a nivel de militancia; pero su creciente oposición a seguir la lucha armada, su rechazo a que sus abogados (a los que ha acusado de manipularle y tergiversar sus declaraciones) le representen y hagan de interlocutores suyos -un papel que ha asumido últimamente su hermano Mehmet- y su insistencia en que se le considere como el único interlocutor válido del PKK en las conversaciones con Ankara, son sólo algunos síntomas de esa desconfianza y ese distanciamiento de Öcalan con respecto a quienes manejan en los últimos años el PKK. Por otra parte en el seno de la organización armada su liderazgo se cuestiona -por ahora no en público- especialmente entre sus mandos no sólo por su aislamiento en prisión, sino por su distanciamiento de la violencia. Prueba de que Öcalan no quiere interlocutores ni intermediarios aparte de él mismo y teme que la situación se le escape de las manos es su rechazo a la mediación entre el gobierno turco y el PKK incluso del partido nacionalista kurdo BDP -considerado por muchos en Turquía como el brazo político del PKK-, a cuyos miembros ha criticado a menudo y les ha acusado igualmente de manipular su imagen.

Debemos considerar también otros escollos en el proceso abierto en Turquía, no menos importantes aunque no los haya mencionado al principio. Uno está muy relacionado con la cuestión anterior, y es la voluntad real que muchos miembros y militantes armados del PKK puedan tener de poner fin a la lucha armada. La existencia de facciones y grupos en el seno de la organización armada es un hecho, ha habido varias purgas y contiendas en el pasado, y resultaría más que difícil poder convencer a todos sus miembros y líderes de que ha llegado la hora de deponer y entregar las armas. Muchos no han conocido otra vida o incluso se han acostumbrado a vivir bastante bien con los beneficios que da el contrabando y el tráfico de drogas, que se han convertido en las principales fuentes de financiación del PKK; habría que buscar una ocupación nueva para todos ellos y un modo de reinsertarlos en la sociedad (en una región como el sureste de Turquía, de pobre desarrollo económico y que ofrece escasas oportunidades para sus habitantes), tarea que no se antoja nada fácil.

Si a lo anterior añadimos la perspectiva de que el propio Öcalan ha descartado la independencia o incluso la autonomía para los kurdos como reivindicación en las negociaciones con el gobierno turco, muchos miembros o comandantes del PKK sin tanta veneración por Öcalan podrían sentirse traicionados -o apelar a la traición aunque sus motivos fueran otros- para negarse a acatar un hipotético desarme y justificar la continuación de la lucha armada, incluso bajo otras siglas. No olvidemos tampoco que se estima que aproximadamente la mitad de los 3.000 a 5.000 guerrilleros que se cree que el PKK tiene en los montes Kandil ni siquiera proceden de Turquía, son extranjeros -ni siquiera kurdos- de otros países que luchan en el PKK por distintos motivos, y no está claro cuál sería su actitud o qué papel jugarían ante una demanda de disolución y entrega de las armas.

Hay otras dos cuestiones espinosas en el llamado "proceso de İmralı": las exigencias de las partes en la negociación, y las condiciones en que se desarrollan las conversaciones de paz. Sobre esto último, el hecho de que no exista una tregua declarada por ninguna de los bandos -ni siquiera por parte de los militantes armados que combaten al gobierno, como ocurrió hasta hace poco en el caso de las negociaciones entre el gobierno colombiano y las FARC- hace más difícil si cabe que los interlocutores sigan en la mesa ante cualquier contratiempo, y hace más factibles las provocaciones de las que ya hablamos o las acciones armadas que acaben obligando a poner fin al proceso; fue algo así lo que ya ocurrió en julio de 2011 cuando el PKK acabó en una emboscada con la vida de 13 soldados turcos, y el mismo día, pocas horas después y a escasos kilómetros, el partido BDP autoproclamaba en un congreso en Diyarbakır una "autonomía democrática": dos hechos que colmaron la paciencia del gobierno y la sociedad de Turquía, y pusieron punto y final a los contactos iniciados un año antes en Oslo.

En cuanto a lo que pueda poner sobre la mesa cada una de las partes, parece que las peticiones de Öcalan en nombre del PKK se podrían centrar en la demanda de la educación bilingüe o en kurdo en las escuelas del sureste así como en una mayor autonomía para las administraciones locales y los ayuntamientos: medidas hacia las que el gobierno turco ya ha dado pasos importantes y estaría dando otros nuevos en estas fechas. Parece inevitable sin embargo que la cuestión del cambio del régimen carcelario de Öcalan por un arresto domiciliario, o una posible amnistía general -incluso para aquellos terroristas con delitos de sangre- acabe saliendo a la luz, pese a la insistencia del primer ministro Erdoğan ante la opinión pública de Turquia de que esas "lineas rojas" no se tocarán... Llegado ese momento, el gobierno turco tendrá que elegir entre pagar el precio de la paz y hacer frente a la oposición de buena parte de la sociedad y la clase política que se le echarán encima, o mostrarse inflexible arriesgándose al fin del proceso o a dejar fuera del acuerdo a quienes no tienen nada que perder y de hecho saldrán ganando manteniendo la senda de la violencia.

Estos son algunos de los principales retos, obstáculos y peligros que afronta el proceso de paz iniciado en Turquía , y que ambas partes deberán saber sortear y superar si quieren llegar a buen puerto. Puede que Ankara tenga en cierto modo la sartén por el mango en estos momentos, gracias al respaldo dentro y fuera de Turquía a la lucha contra el terrorismo y a una mejora de la estrategia, la preparación y la efectividad de las fuerzas de seguridad turcas que ha acrecentado la presión contra el PKK; puede que el PKK no sea actualmente lo que era, que tenga serios problemas para reclutar nuevos miembros e importantes deserciones en sus filas, donde la moral se sabe que es baja; puede que el PKK haya perdido apoyos entre la población kurda del sureste de Turquía, hastiada del conflicto y la violencia y que ve cada vez más a la organización armada como su principal problema, y no como una solución... Pero el gobierno turco cometería un grave error si pensase que el PKK está ya vencido y renunciará a las armas con facilidad, olvidando que a veces los animales heridos y acorralados suelen ser los más peligrosos.

No es un camino fácil, desde luego. Sólo el tiempo dirá si estamos ante el principio del fin de la violencia o ante otra vía muerta que dé al traste con una nueva esperanza que -como se ha dicho estos dias- muchos en Turquía tienen de "que las madres no tengan que volver a llorar"... Ojalá que así sea.

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