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Opinión

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Si tuviéramos que medir la salud de la democracia de un país no sólo en función del partido en el poder, sino sobre todo fijándonos en la oposición democrática al ejecutivo de turno, sin duda un análisis en profundidad de la situación en los últimos años en Turquía y en concreto del principal partido de la oposición –el Cumhuriyet Halk Partisi (CHP), o Partido Republicano del Pueblo- debería, cuando menos, invitar a la reflexión.

La llegada en 2010 a la presidencia del CHP de Kemal Kılıçdaroğlu –apodado entonces el “Gandhi turco”- tras la dimisión por un escándalo sexual de su predecesor en el cargo, el septuagenario Deniz Baykal, pareció traer un soplo de aire fresco al partido; pero lo cierto es que si nos fijamos en los resultados electorales en las tres últimas elecciones generales –incluyendo las de 2011, ya bajo la presidencia de Kılıçdaroğlu- el porcentaje de votos apenas si ha variado y sigue en torno al 20%, y lo mismo ocurre si nos fijamos en los comicios locales, donde tampoco hay variaciones significativas. Después de que en las elecciones locales del pasado 30 de marzo Kılıçdaroğlu no lograse sacar provecho ni a las protestas de Gezi del verano de 2013 ni a las acusaciones de corrupción contra el gobierno para incrementar el apoyo entre los votantes, su dirección al frente del partido cada vez ha estado más cuestionada.

Este cuestionamiento ha llegado a su cenit a raíz del fiasco de las elecciones presidenciales celebradas el 10 de agosto de 2014, que pasaron por ser las primeras de la Historia en las que el Presidente de la República era elegido por sufragio directo, y en las que el hasta entonces primer ministro y líder del partido gobernante AKP, Recep Tayyip Erdoğan, se presentaba como candidato y claro favorito. Para hacerle frente, Kılıçdaroğlu recurrió a una doble estrategia: primero, presentar un candidato conjunto con la tercera fuerza del parlamento turco, el nacionalista MHP; y segundo, recurrir a alguien con un perfil conservador y considerado por muchos similar al de Erdoğan: el ex secretario general de la Organización para la Cooperación Islámica (OCI), Ekmeleddin İhsanoğlu, un académico sin experiencia política y de escaso carisma.

Esta estrategia no gustó ni a su propio partido ni a muchos votantes del CHP; pero además Kılıçdaroğlu no consultó para ninguna de estas decisiones ni con la dirección del partido ni con sus bases, con lo que su distanciamiento del electorado fue total. El resultado fue el de esperar: la campaña de İhsanoğlu fue un completo desastre, con continuas declaraciones que contradecían las políticas de uno y otro partido –incluyendo el apoyo a las negociaciones con el PKK- y que hicieron que el apoyo de los nacionalistas del MHP fuera prácticamente testimonial. Llegado el día de votar, İhsanoğlu no sólo no consiguió forzar una segunda vuelta sino que perdió cuatro millones de votos respecto a los conseguidos por separado por CHP y MHP. Erdoğan ganó tres millones de votos más, mientras que el partido HDP –heredero de la formación nacionalista kurda BDP- dió la sorpresa y logró agrupar buena parte del voto de izquierda, incluso de muchos votantes del CHP, y todo ello pese a los llamamientos “imperativos” del propio Kılıçdaroğlu para que sus votantes acudiesen a las urnas.

Tras la nueva debacle electoral, un grupo de diputados y miembros del CHP encabezados por la parlamentaria Emine Ülker Tarhan pidieron como era de esperar la cabeza de Kılıçdaroğlu, y comenzaron a recoger firmas para organizar un congreso extraordinario que diese un nuevo rumbo al partido. El líder del CHP, que desechó en un principio tanto la idea de la renuncia como la de un congreso, acabó anticipándose a la jugada y convocó un congreso a tres semanas escasas, sin tiempo para que la oposición interna se organizara ni cosechara nuevos apoyos. El congreso se saldó como era de esperar con Kılıçdaroğlu reelegido como líder del CHP y advirtiendo contra cualquier disidencia interna, pero sin cambios significativos pese a aceptar de forma limitada algunas demandas del sector crítico.

Las heridas que no se cicatrizan bien, acaban volviendo a abrirse. Y prueba de ello han sido los acontecimientos vividos desde entonces en el principal partido de la oposición. El 31 de octubre Emine Ülker Tarhan, quien encabezara la “revuelta” en el seno del CHP en agosto tras la última derrota electoral, anunciaba su dimisión y su salida del partido en un duro y muy crítico comunicado en el que acusaba directamente a la directiva actual del CHP de estar completamente alejada de los votantes y de sus preocupaciones, de no haber aprendido de los errores de las presidenciales, y de llevar al partido por unos derroteros al margen de sus principios con posturas incongruentes y erráticas, incluyendo la propuesta de Kılıçdaroğlu de una intervención militar “limitada” en Kobane tras haberse opuesto sólo unos días antes a una moción parlamentaria autorizando una intervención en Siria (no conviene olvidar que el CHP ha estado desde el principio del lado del régimen de Assad).

Lejos de quedarse ahí, la marcha de Tarhan –que la semana pasada fundaba su propia formación, el Anadolu Partisi (Partido de Anatolia), desatando las iras de su antiguo partido- y sus críticas a la dirección despertaron rápidamente otros apoyos, incluyendo el del diputado por la provincia de Eskişehir Süheyl Batum, quien sugirió que al menos una veintena de diputados del CHP podrían estar dispuestos a seguir los pasos de Tarhan. Señalado por la disciplina interna del partido para ser expulsado, Batum se ha ganado desde entonces el apoyo de otros miembros del CHP que acusan a Kılıçdaroğlu de estar convirtiendo al CHP en un reflejo del AKP, apartándolo de sus principios laicos y aceptando a nuevos miembros de perfil conservador.

En medio de estas y otras disputas internas, las perspectivas para el CHP no son buenas. Ni el apurado congreso extraordinario de septiembre ha logrado acallar las numerosas críticas en su seno, ni parece que a medio o largo plazo el partido vaya a reconciliarse con sus bases o con una parte importante de sus votantes, muchos de los cuales parece que están optando por el voto de “izquierdas” que puede representar ahora mismo el HDP o por la abstención, cuando no por el voto útil del AKP. “Sé que el CHP es una porquería (como partido), pero ¿a quién voto?”, me confesó en una ocasión un miembro de mi familia turca, expresando su frustración por la situación del partido al que ha votado toda su vida. Y me consta que su opinión está muy extendida entre los votantes tradicionales del CHP, razón por la cual muchos en agosto prefirieron seguir de vacaciones en lugar de acudir “como ovejas” a votar por el candidato elegido a dedo por Kılıçdaroğlu.

Pero la situación del CHP es más preocupante si nos fijamos en sus líderes. Durante un retiro de fin de semana organizado en los primeros días de noviembre por la dirección del CHP para analizar los últimos acontecimientos en el partido, uno de sus vice presidentes se sacó bajo manga un estudio que señalaba que el CHP podría aspirar a obtener el 44% de los votos ampliando su nicho electoral hasta incluir a los ultranacionalistas y a los votantes kurdos de izquierda: dos espectros de votantes tan opuestos entre sí como lo están la ficción de la realidad, que pasa por el hecho de que en los últimos años el CHP no ha logrado llegar siquiera al 3% de los votos en Diyarbakır, la mayor ciudad del sureste de Turquía de mayoría kurda. Con semejantes asesores, no es de extrañar que Kemal Kılıçdaroğlu se dedique a lanzar “brindis al Sol” proclamando que su objetivo es ganar las elecciones generales de 2015.

Otra encuesta presentada durante un simposio organizado en octubre –un mes después del congreso extraordinario- por la delegación del CHP en İzmir (su principal bastión electoral) ofreció datos aún más preocupantes. De acuerdo a un sondeo realizado por la empresa Konsensus entre los votantes turcos, Kılıçdaroğlu se sitúa en lo que a grado de aprobación se refiere entre 6 y 7 puntos por detrás de Mustafa Sarıgül –candidato en marzo a la alcaldía de Estambul por el CHP- o incluso de Muharrem İnce, que desafió a Kılıçdaroğlu en el congreso de septiembre pero que sin embargo sólo fue apoyado por el 40% de los delegados; peor es si nos fijamos en los propios votantes del CHP: casi el 60% dijo que no espera que su partido gane en 2015, y únicamente un 11% dijo confiar en que Kılıçdaroğlu llegue a ser primer ministro algún día. Más aún, en el estudio alrededor de un 60% de los votantes del CHP consideraron que su partido es incompetente, y el 70% estuvo de acuerdo con la afirmación de que el partido no cumple sus expectativas. Cifras que hablan por sí solas de la falta de confianza incluso entre sus actuales votantes sobre el éxito del CHP.

Hay un último problema, y es la insistencia de la dirección del CHP –y de muchos de sus más acérrimos seguidores- en culpar a factores externos de sus propias carencias, y más concretamente al AKP. No ha habido derrota electoral en que el partido no haya hablado de acusaciones de fraude, sin que las haya demostrado con pruebas claras e irrefutables dignas de mencionarse en algún sitio que no sea un periódico turco. Más aún, cuando su candidato a las presidenciales perdió en agosto cuatro millones de votos, Kılıçdaroğlu no sólo recurrió una vez más al argumento de “no es que no me voten, es que me faltan votos” sino a culpar a los votantes del CHP que no habían escuchado su llamamiento a la “movilización general” para votar por İhsanoğlu. Con menos medios y bajo la misma supuesta amenaza de fraude, el HDP logró en las presidenciales hacerse con casi cuatro millones de votos, amenazando con convertirse en la verdadera alternativa de izquierda para los votantes turcos en detrimento de un CHP que ya no sabe hacia dónde rema.

Datos recientes publicados por el ministerio de asuntos sociales de Turquía revelan que en 2002 –cuando el AKP llegó al poder- un 30% de la población turca tenía para gastar 3 euros o menos al día; hoy día, ese porcentaje apenas supera el 2%... Es una muestra de cómo ha mejorado la situación económica para la población en Turquía en su vida diaria; eso, unido a la falta de un partido de la oposición que ofrezca una alternativa coherente y sobre todo convincente, explican no sólo el éxito del AKP sino la razón de que el partido liderado hasta este verano por Erdoğan no haya dejado de ganar elección tras elección desde su fundación en 2001, aumentando constantemente su número de votantes.

Ante estas condiciones, la salud de la democracia turca peligra no tanto por el AKP en sí o por el tan criticado Erdoğan, sino porque la incompetencia de la oposición política liderada por el CHP no ha logrado en más de una década –y tiempo ha tenido- constituirse como una opción creíble para los electores. Y mientras el CHP no aprenda a lidiar con sus fantasmas internos, no admita sus carencias y no se ponga manos a la obra... mucho me temo que nos guste o no, tendremos AK Parti para rato.

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