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Opinión

Pablo Gómez

Pablo Gómez

Crónicas de Oriente

Un golpe al corazón de Estambul

19-01-2016 - 12:00 CET

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Hace hoy justo una semana, el pasado 12 de enero, un terrorista suicida del grupo terrorista Daesh se inmoló en el corazón histórico de la ciudad de Estambul, la Plaza Sultanahmet, llevándose consigo la vida de diez turistas alemanes que visitaban la ciudad y volviendo a recordar al mundo lo vulnerables que somos cuando alguien decide –por razones que a una mente racional le resulta imposible entender- que su fin último es matar, aunque sea a costa de su propia vida.

La explosión tuvo lugar junto al llamado Obelisco de Teodosio, o Dikilitaş en turco, traído por el emperador romano Teodosio I el Grande desde Alejandría en el año 390 para adornar el que durante siglos fue el Hipódromo de Constantinopla, y que hoy día constituye uno de los lugares más emblemáticos para los turistas que llegan a la que durante siglos fue capital de bizantinos y otomanos.

Sin duda alguna, por su ubicación y por los magníficos monumentos que acoge en su entorno inmediato -la Mezquita Azul (Sultanahmet Camii), Santa Sofía o el Palacio de Topkapı, por citar sólo los más importantes- Sultanahmet es el lugar que cualquier turista que haya visitado o planee visitar Estambul recordará inmediatamente y asociará con la ciudad, y representa el corazón mismo de la historia y la esencia de la metrópolis del Bósforo, tanto como lo son la Puerta del Sol en Madrid, Trafalgar Square en Londres, Times Square en Nueva York o la Plaza de la Bastilla en París, lugar éste último en cuyo entorno precisamente los terroristas del Daesh atentaron en noviembre de 2015 en la capital francesa, no por casualidad.

Sultanahmet es el lugar donde empieza de forma casi obligada cualquier recorrido turístico por Estambul y lugar de encuentro que cada día recibe a miles de personas –incluso en temporada baja- que quieren conocer una ciudad que recibe anualmente más de diez millones de turistas –sobre todo europeos- y cuyos aeropuertos figuran entre los más transitados del mundo.

Es por todo esto que no hay duda de lo que pretendía el grupo terrorista al inmolar a uno de sus militantes no sólo en un lugar como Sultanahmet, sino precisamente entre un grupo de turistas alemanes: Alemania es el país que más turistas aporta a Turquía, representando por sí solos entre el 15 y el 20% del total. Al perpetrar un ataque salvaje como es un atentado suicida en tales circunstancias, el mensaje que los terroristas quieren que cale hondo en el público está claro y su objetivo es evidente: sembrar el pánico entre quienes acuden a visitar Turquía y golpear al turismo, una importante fuente de ingresos para Turquía que además ya venía sufriendo desde 2014 a causa de la crisis económica en Rusia, otra importantísima fuente de turistas para los turcos. El hecho además de que el terrorista perpetrase su acción en un lugar como Sultanahmet –un lugar especialmente vigilado- parece querer dejar aún más en evidencia a las autoridades turcas y fomentar la sensación de inseguridad que pretende transmitir el Daesh.

Pese a todo, debemos ser conscientes de que nos guste o no, el terrorismo internacional es una de las lacras de nuestra sociedad moderna y que los terroristas buscarán siempre golpear dónde y cuándo menos nos lo esperemos. Pero a mi juicio, lo peor que podríamos hacer sería caer en la tentación de cambiar nuestras vidas por ellos. Si tuviéramos que escoger nuestra vida, o nuestras vacaciones, en función de la más estricta seguridad, tendríamos que descartar prácticamente los principales destinos turísticos del planeta, porque es en ellos precisamente donde organizaciones terroristas como Al-Qaeda o el Daesh buscan golpear siempre para que su impacto mediático sea mayor, que al fin y al cabo es lo único que pretenden.

Un aspecto que me gustaría destacar aquí de nuevo es la actitud mostrada mayoritariamente tanto por la sociedad como por las autoridades en Turquía; el hecho de que Nabil Fadli, el saudí que se inmoló en Sultanahmet, entrase en Turquía como refugiado sirio, no ha suscitado en el país euroasiático grandes debates sociales o políticos acerca de la conveniencia de mantener la política de “puertas abiertas” para los desplazados sirios, que ha llevado a Turquía a convertirse en el país con más refugiados del mundo; ni tampoco a etiquetar a todos los refugiados/saudíes/sirios como posibles terroristas suicidas, en claro contraste con algunas tendencias a la generalización, al prejuicio y a la xenofobia que desgraciadamente se vienen observando de forma creciente en la vecina Europa... por mucho que a los propios europeos nos cueste a veces reconocerlo.

En este sentido, me viene ahora a la memoria la vergüenza que sentí al ver cómo hace sólo unos meses muchos países europeos protestaron por acoger a unos pocos miles de refugiados sirios, que en el caso de España por ejemplo inicialmente eran menos de 3.000 y finalmente se convirtieron en 17.000: una cifra que representa la población media de uno de los 22 campos de refugiados que existen en Turquía, siendo el PIB de este país equivalente a la mitad del de España. 17.000 personas son, de hecho, menos refugiados que los que Turquía acogió en un solo día cuando el Daesh asedió la ciudad siria de Kobane.

El terrible atentado en Sultanahmet debe servir no para sembrar nuevas diferencias, recelos o miedos entre nosotros, sino para subrayar aún más la necesidad de destacar lo que nos une, que es mucho más que lo que nos separa, frente a quienes están dispuestos a matar en nombre de cualquier causa o ideología. Debe ser un momento de unión y de solidaridad frente al salvajismo y la irracionalidad de una minoría que sólo se representa a sí misma... Y ello, pese a que la sensación entre muchos turcos tras éste y otros atentados ocurridos en el último año –Suruç, Ankara, etc- es que la solidaridad no es la misma si la tragedia ocurre en Francia que en Turquía.

Sea como fuere, apenas 24 horas después de la explosión en Sultanahmet los turistas seguían acudiendo a visitar el lugar, aunque es cierto que en muchos casos a depositar flores o algún mensaje en memoria de las víctimas... Podemos cancelar nuestro viaje a Estambul o a París por temor al terrorismo, y volar a otro país y tener la mala suerte de vivir allí un atentado (no sería la primera vez que algo así ocurre); podemos anular nuestras vacaciones, y salir a la calle a comprar el pan y sufrir un atropello... La inseguridad, o la incertidumbre, son cosas con las que convivimos desde que nacemos hasta que morimos: la diferencia es que a medida que crecemos y con la experiencia, aprendemos a vivir con ellas y a controlarlas. No debemos permitir que nos dominen, porque entonces no viviremos. Porque entonces, habrán ganado los terroristas.

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1 Comentarios

  • rafael el Martes, 21 de Junio de 2016 a las 15:59:48

    Pablo:

    Encontre muy interesante tu articulo y me permito comentarte lo siguiente. Estoy planeando una visita a Estambul y una de mis mayores preocupaciones es mantenerme informado sobre la seguridad de estos sitios turisticos.
    Estoy completamente de acuerdo en que esos terroristas no deben quitarnos la intencion de viajar, pues en ese momento, habran ganado y no debemos permitirlo.
    Saludos

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