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Opinión

Adel Chaouch

Adel Chaouch

Cruce de caminos

En Grecia todo sigue igual (o peor)

01-07-2012 - 00:00 CET

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Europa tenía los ojos puestos en las elecciones celebradas en Grecia el pasado 17 de junio. Los políticos europeos habían fijado toda su atención en ese país insignificante económicamente, pero que, cosas de la crisis, hoy en día se ha convertido en el centro de la posible hecatombe del proyecto europeo. Se había depositado sobre los griegos el futuro del euro: continuidad o ruptura. Seguir con las medidas de ajustes que cada día ahogan más a una sociedad que ya lo ha dado todo, pero que aun así sigue sin ver la salida del túnel, o la incertidumbre del caos al que podría llevar la Grexit –salida de Grecia del euro– con unas consecuencias para Europa (por mucho planes de emergencia que se hayan llevado a cabo en las últimas fechas) que nadie es capaz de predecir.

Así de importante era la decisión que Europa dejaba en manos de los griegos. Después de un mes en el que todo había quedado en stand by a la espera de lo que se decidiera en el país heleno, parece que, a pesar de los sudores fríos, en Grecia todo seguirá igual. El resultado ya es de sobra conocido: Nueva Democracia ganó con el 30% de los votos, por delante de Syriza, el partido liderado por el joven y carismático Alex Tsipras, que quedaba en segunda posición con un 27%.

Los griegos votaron con miedo; las presiones llevadas a cabo desde Berlín y Bruselas la semana anterior a las elecciones aconsejando un voto responsable que no dejara el futuro del país en manos del diabólico Tsipras fueron tremendas. Visto lo visto, surtieron efecto. Cada una de las personas que acudió a las urnas sabía muy bien que al estado le quedaban tan solo 2.000 millones de euros en la caja y que para conseguir financiación no les queda otra que mirar hacia Europa. Con estas cartas sobre la mesa, la elección de Tsipras se antojaba demasiado arriesgada para el futuro del país. Grecia no ha querido jugar con fuego y, al final, la sangre no ha llegado al río.

Los comicios no han supuesto un gran cambio en Europa ni en Atenas. Seguirán las políticas de ajustes en las que la canciller Merkel cree a pies juntillas como única tabla de salvación para la delicada situación de las economías europeas y que trata de imponer a todos los socios con una increíble tozudez. Pero más allá de este continuismo, que es la consecuencia directa del resultado electoral, la jornada dejó varios ganadores por diferentes motivos.

El primer vencedor es, sin duda, Samarás, líder de Nueva Democracia, partido que vuelve al gobierno griego tras perder las elecciones en 2009 y a pesar de haber empeorado unos resultados que ese año supusieron los peores de su historia. Samarás, un conservador nacionalista, se mostró en contra de los dos primeros rescates a Grecia y habrá que ver cómo se comporta a partir de ahora tras haber prometido en la campaña electoral que renegociaría el rescate. Tendrá que vérselas cara a cara con Merkel e intentar, por lo menos, no escuchar ese nein, tantas veces repetido desde Berlín en las últimas fechas, nada más entrar por la puerta. Samarás sigue siendo considerado por los griegos parte de la casta política que ha llevado al país a la situación actual, pero en esta ocasión han hecho de tripas corazón y, mirando hacia otro lado, han decidido confiarle la dirección del país. Entienden los griegos que no conviene mostrar una actitud beligerante ante Europa estando tiritando, como está, la caja del estado.

Alex Tsipras, el hombre de moda en Grecia y en Europa, es el otro gran ganador de estas elecciones. La presión que ha venido ejerciendo a los líderes europeos afirmando que, o se negociaban las condiciones del rescate o Grecia salía del Euro, han surtido efecto a la vista de los resultados electorales. No obstante, los griegos no han querido correr el riesgo de elegirle primer ministro y el joven Tsipras, que ha irrumpido como un ciclón en la política griega, gozará ahora de una posición mucho más relajada –sin un desgaste como el que sufrirá Samarás en el gobierno– para seguir defendiendo las propuestas de su partido. A Samarás le queda una amarga tarea por delante y de eso se aprovechará Tsipras. Seguramente, cuanta más mella haga el desgaste en el nuevo primer ministro –y ahí tendrá mucho que ver la actitud de Bruselas– más temprana será la llegada al gobierno de Syriza (algo que, a la larga, parece inevitable).

Desgraciadamente para los europeos, Aurora Dorada se confirma como uno de los grandes triunfadores de los dos últimos comicios y también en uno de los síntomas de esta crisis: el ascenso de los extremismos y en especial los de derechas. Resulta sintomático como los patrones que se vieron hace ya más de 75 años se vuelven a repetir en Europa: grave crisis económica que lleva a una crisis social que termina desenterrando los odios más irracionales contra el blanco más fácil, los inmigrantes. Las propuestas de estos neonazis, que se basan fundamentalmente en la expulsión de todos los extranjeros del país y del minado de las fronteras, la salida del euro y la vuelta al dracma, han conseguido un 7% de los votos. Estarán representados en el congreso. Increíble, pero cierto.

Tsipras dio el primer soplo para la renovación del estancado aire político que ha estado respirando Europa en los últimos cuatro años. La llegada al poder de Hollande en Francia ha supuesto la confirmación de que esta nueva tendencia puede ser la única que consiga frenar las políticas de austeridad que reclaman insistentemente los socios del norte. Obama también tendrá mucho que decir de aquí a noviembre, pues su reelección depende de la mejora de la maltrecha economía europea. Se supone, y ya lo está haciendo, que presionará para que Merkel caiga del burro y apueste por adoptar medidas que dejen de estrangular a la población y traten de promover el crecimiento a corto plazo. En las últimas reuniones, como las del G-20 o la cumbre de los cuatro entre Alemania, Francia, Italia y España ya hemos visto algunos tímidos movimientos que apuntan en esa dirección. La confirmación de que algo está cambiando en Europa ha llegado este fin de semana, durante la cumbre que celebra la eurozona, con la claudicación de Alemania ante el órdago lanzado por Monti y Rajoy para que la banca pueda ser recapitalizada directamente. Habrá condiciones y serán duras, pero es evidente el triunfo político –un hito al que ya nos hemos desacostumbrado– que supone para los países más azotados por la crisis. El aislamiento al que, semana tras semana, se va sometiendo a Merkel hace que la canciller esté cada vez más dispuesta a escuchar a sus socios europeos del sur que no dejan de repetir su nuevo mantra: “austeridad sí, pero con crecimiento”.

De vuelta a las elecciones griegas, cabe preguntarse ¿hay perdedores? Lamentablemente, sí. Aparte de la catástrofe electoral del PASOK, los griegos, los ciudadanos de a pie, aquellos en los que la crisis está haciendo más mella, no han sacado nada en claro después de un mes de tensión y dos elecciones. Todo parece indicar que a los griegos les quedan todavía muchas penurias por las que pasar, poco que llevarse a la boca y mucho orgullo que tragar. Por más que la situación del país sea insostenible, la sociedad ha tenido miedo de votar por un cambio que podría haber significado la quiebra del estado.

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