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Opinión

Adel Chaouch

Adel Chaouch

Cruce de caminos

Tambores de guerra en la frontera

09-07-2012 - 12:00 CET

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Antiguos amigos y vecinos cordiales, las relaciones entre Siria y Turquía han dado un giro de 360 grados desde que el primer ministro turco criticara abiertamente al régimen de Bachar el Asad por su despiadada política de represión contra sus propios ciudadanos tras las revueltas populares que empezaron hace más de 15 meses.

Lo que comenzó como un movimiento popular que reclamaba libertad y derechos para una población falta de ellos, a través de la demanda innegociable de la salida del poder del dictador El Asad, se ha terminado convirtiendo en la penúltima batalla geopolítica mundial. El Asad no ha querido dejar su trono –como ya hiciera su padre décadas atrás– y desde un primer momento quiso demostrar que su gobierno en ningún caso mostraría la debilidad que habían mostrado otros países en los que las revueltas sí triunfaron. El contagio de esta enfermedad de la libertad y los derechos fue detenido en seco en Siria a base de una represión brutal contra aquellos que osaran revelarse. Así, el alzamiento del pueblo que vio en la primavera árabe su ansiada oportunidad para terminar, por fin, con la dictadura se ha ido enquistando hasta convertirse en una sangría que está costando la vida a miles de sirios y que se ha convertido en problema mundial de primer orden. De hecho, y aunque ya era una evidencia, el propio presidente sirio calificó recientemente la situación como de “guerra en todos los sentidos”.

La importancia de esta desigual guerra, que está desangrando literalmente al país, viene dada por el conflicto de intereses de otros países y que ha posibilitado que el riesgo de una internacionalización de la disputa sea completamente factible. Las posiciones están claramente definidas: por un lado las democracias occidentales –entre ellas, Turquía- que desean la caída del tirano El Asad, pero que siguen reticentes a involucrarse directamente en el conflicto; por el otro, países como Rusia, China e Irán, que, a pesar de haber criticado algunas de las masacres cometidas por el régimen contra su propio pueblo, siguen apoyando a El Asad oponiéndose categóricamente a una posible intervención militar para derrocarle.

Tras las palabras vacías de unos y de otros se esconden los verdaderos intereses que hay en juego en un enclave estratégico de la geopolítica mundial como es Siria. Evidentemente, los gobiernos se resisten a quitarse las máscaras y se les llena la boca al hablar de derechos humanos; pero, llegados a este punto, cabría preguntarse cuáles son las diferencias que presenta este conflicto respecto al que ocurrió en Libia hace unos meses y que terminó con el asesinato de Gadafi. En esa ocasión, las potencias occidentales no duraron en apoyar activamente las revueltas populares interviniendo militarmente, hecho que permitió el derrocamiento del desdichado Rais. Quizá algún día conozcamos las verdaderas razones de la fugaz guerra que se libró en Libia en pos de la libertad y qué inescrutables motivos impiden que los mismos que no dudaron en luchar por Libia y para Libia lo hagan ahora en Siria.

En lo que referente a Turquía, desde el inicio del conflicto no le ha quedado otro remedio que jugar un papel destacado; su enorme frontera con Siria ha visto como miles de refugiados cruzaban hacia el otro lado desde que estallaran las primeras revueltas y la represión del gobierno de Damasco comenzara a ser más y más violenta. No han sido sólo civiles los que han decidido abandonar el país, entre los cerca de 35.000 refugiados que se encuentran en Turquía también hay militares de todos los rangos, desde soldados rasos hasta una docena de generales. Ankara se ha visto, pues, aupada al papel de actriz principal en una obra de reparto internacional llena de secundarios, en la que el final es cada vez más incierto, pero que sí promete una cosa, será trágica.

Recep Tayyip Erdoğan –aficionado a recurrir a la palabrería– consciente de que el mundo musulmán aspira a reflejarse en el espejo de Turquía tras convertirse en un modelo de convivencia entre democracia e islam, papel éste reforzado tras la primavera árabe, no ha desaprovechado la oportunidad para demostrar su deseo de consolidar la imagen del país como una de las principales potencias de la zona, no solo en el plano económico, sino también en el militar e ideológico.

La actitud de Ankara había venido hasta ahora marcada por las críticas y las amenazas verbales, pero el estado de las cosas cambió inusitadamente tras el derribo del ya famoso F-4 de las fuerzas aéreas turcas, provocando un inesperado giro en la delicada relación que mantienen los dos vecinos. El refuerzo de la frontera sirio-turca con el envío de tanques y defensas anti-aéreas obedece a la actitud hostil y provocadora mostrada por Damasco. Fuera el avión derribado en suelo internacional o no, hecho sobre el que los dos países siguen discutiendo, no cabe duda de que en el derribo del F-4, que no llevaba armas y estaba en misión de entrenamiento, no se siguieron los procedimientos habituales tras una invasión de la frontera (hecho que ocurre bastante a menudo) entre países que no están en guerra. En esta ocasión, el gobierno de Damasco optó –sin aviso previo– por la solución más drástica y problemática, el derribo del avión, hecho que, naturalmente, enfureció sobremanera a Ankara.

Y no solo a Ankara. Tras el incidente, la OTAN no tardó en mostrar su indignación y su apoyo a Turquía, aprovechando para criticar nuevamente al régimen de El Asad al que considera intolerable y al que acusa de haber traspasado todos los límites de la legitimidad atacando sin cuartel a su propia población durante los últimos quince meses. La OTAN parece sentirse cómoda con esta situación; utilizando a Turquía como perro de presa a la espera de ver cuál será la reacción tanto de turcos como de sirios. Da la impresión de que ha encontrado la forma ideal de justificar una intervención militar en suelo sirio, y aunque las palabras no hayan llegado tan lejos, la sensación es que cualquier paso en falso podría abrir la caja de Pandora.

A pesar de la hostilidad mostrada por Damasco, y de la sutil instigación de la OTAN a Turquía, Erdoğan se ha mostrado cauto, y ha preferido, únicamente y por el momento, reforzar la presencia militar en la frontera con Siria a la espera de nuevos acontecimientos provenientes de Damasco, que esta vez sí, serían considerados actos de guerra.

No hay que olvidar tampoco que la reacción de Siria tras el incidente, aun amparada en su legítimo derecho a defender su territorio, ha sido también bastante prudente. El propio El Asad ha huido de cualquier tipo de tono beligerante y ha señalado que “ojalá” no hubieran derribado el avión turco, en una muestra del deseo de Siria de no hacer crecer las tensiones en la zona. Parece ser que Damasco ya tiene bastante con lo que tiene.

La respuesta de Turquía, a la que no le vale ningún tipo de excusas, ha sido clara pero, qué duda cabe, mesurada. Ha habido una obvia escalada de tensión, y sin que se haya nombrado la palabra “guerra”, los tambores ya han comenzado a escucharse. Cualquier nueva provocación por parte de Damasco –léase una violación de la frontera turca– sería inmediatamente considerada un acto de guerra y Turquía respondería acordemente. Por el bien de todos, esperemos que las aguas no lleguen al río.

Toda esta situación coloca al gobierno turco en una delicada posición. Por un lado la OTAN vigilará cualquier movimiento que pueda ser considerado hostil por parte de Siria y que otorgaría legitimidad a una posible intervención y si además puede utilizar a Turquía para ello, mejor que mejor. Rusia tampoco quita el ojo a todo lo que está pasando y su posición en el conflicto no cambiará debido a los intereses económicos y a su relación histórica con Damasco. Lo que menos necesita Turquía en estos momentos es una aventura militar; no sería nada útil para la imagen de un país que exhibe orgulloso una estabilidad inaudita en la zona, que no deja de crecer económicamente y que parece haber aprendido que, a pesar de la eterna inestabilidad reinante en la zona, es mejor convencer e imponerse a base de democracia que a tiros. El problema de todo esto es qué hacer si es Siria la que empuja para que algo ocurra; por el momento, y según las palabras de El Asad, parece que no será el caso. Erdoğan deberá moverse con mucho tino de aquí en adelante porque a Turquía es a la que menos le conviene que se internacionalice el conflicto en Siria. Pero eso es justamente lo que puede estar a punto de ocurrir.

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