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Opinión

Adel Chaouch

Adel Chaouch

Cruce de caminos

La torpeza de Erdoğan

14-06-2013 - 00:00 CET

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A Recep Tayyip Erdoğan siempre se le ha considerado un político con las ideas claras, un líder que ha sabido moverse como nadie entre las revueltas aguas de la política turca hasta alcanzar la posición y el estatus que hoy en día ocupa. Erdoğan es también un primer ministro con un perfil ambicioso y su sueño, como es bien sabido, es permanecer en el poder – mediante una reforma constitucional de por medio - hasta el año 2023, cuando Turquía celebrará el centenario de la fundación de la República.

El pueblo turco ha sabido reconocer sus logros – especialmente significativos durante los dos primeros mandatos – como primer ministro de la República Turca en las urnas; pero también existe una parte de la sociedad que se ha cansado de su tono arrogante y autoritario y de su constante interés en entrometerse en la vida de sus ciudadanos. Esa intromisión es la que ha hecho avivar los fantasmas de la siempre recelosa comunidad laica, siempre temerosa ante una posible islamización de Turquía.

Durante dos semanas, el país está viviendo unas revueltas con un marcado carácter violento, en gran medida derivado de la desproporcionada represión policial hacia unos manifestantes que, en la mayoría de las ocasiones, se han comportado de manera pacífica. Las manifestaciones han pasado por distintas fases: una primera etapa en la que hubo una pacífica y minoritaria resistencia en el parque Gezi; una segunda, de rabia e indignación por la brutal actuación de la policía y que dio lugar a las mayores movilizaciones sociales que ha vivido el país en la última década; y una tercera fase (la actual), en la que las dos partes, gobierno y manifestantes, se tantean, se mantienen inamovibles y miden sus fuerzas en un pulso en el que parece difícil que ninguno de los dos contendientes claudique.

Pase lo que pase en los próximos días, la sociedad turca ya ha logrado algo significativo e imprescindible en un país que aspire a ser realmente democrático: ha conseguido demostrar a los que sustentan el poder que la ciudadanía tiene derecho a hablar y a ser escuchada. Los turcos han despertado de su letargo político de una forma inesperada, aunque igualmente efectiva.

Que la sociedad haya conseguido salir de su ensimismamiento ya es un hecho importante. Turquía era un país que se había acostumbrado a que cualquier intento del pueblo por hacerse oír fuese reprimido drásticamente por la policía a base de gas lacrimógeno y chorros de agua. Muchos de los jóvenes que hoy se encuentran en el parque Gezi y que han resistido estoicamente durante dos semanas aseguran que esta es su primera experiencia política: la juventud turca ha despertado.

Por otro lado, el primer ministro Erdoğan no ha variado un ápice su discurso arrogante y amenazador. Ha menospreciado a los manifestantes llamándolos vagos y terroristas, y en ningún momento ha querido reconocer que desde su gobierno se haya podido cometer algún error en la gestión de una crisis política que se ha convertido en una noticia de primer orden internacional.

Erdoğan siempre ha sido un político obstinado y con un toque autoritario, sus discursos y sus palabras siempre han sido duros, pero también es reconocido por ser un político pragmático. Y es, precisamente, ese pragmatismo que siempre le ha caracterizado, lo que necesita para terminar con esta crisis. Hacer uso de esa virtud, anteponiendo sus intereses políticos a su ego, sería la decisión acertada políticamente.

Sorprende que el primer ministro siga sin entender la magnitud del problema que tiene delante. Desde el momento en que las protestas dejaron de ser por el parque, Erdoğan debería haber actuado con más inteligencia, intentando calmar los ánimos de una multitud que día tras día sale a las calles en numerosas ciudades del país para pedir su dimisión. En lugar de eso, sus discursos han sido de todo menos apaciguadores y parece decidido a fomentar una confrontación entre aquellos que le apoyan (según dice, el 50% del país) y los que no. La actitud violenta de la policía, de la que él es responsable en última instancia, no ha hecho más que agravar la situación y provocar más ira e indignación entre los manifestantes.

Si la actitud desafiante, propia de un gobernante autoritario, que ha mostrado hasta ahora el primer ministro la está manteniendo de cara a lograr unos buenos resultados en las elecciones generales del año que viene, puede que esté cometiendo un grave error de cálculo.

Entre ese 50% al que constantemente hace alusión se encuentran muchos votantes que ante el poco poder y la escasa credibilidad de los partidos en la oposición (CHP, MHP y BDP) eligieron al AKP para llevar las riendas del país; pero esos votantes están disgustados por la gestión autoritaria que Erdoğan ha llevado a cabo en su última legislatura, y cuya máxima expresión se está viviendo estos días en las revueltas turcas. No solo eso, muchos han sido los musulmanes moderados, tradicionales votantes del AKP, que han criticado en los últimos días al primer ministro y han mostrado su apoyo a la gente del parque Gezi acudiendo a las manifestaciones y uniéndose a los gritos de “Tayyip Istifa” (Tayyip, dimisión). Así pues, Erdoğan parece haber actuado con una extraña torpeza si lo que desea es mantener la amplísima mayoría que consiguió hace 3 años.

Dada la obstinación que tanto manifestantes como el gobierno llevan mostrando desde el inicio de las revueltas, la salida a esta crisis no parece sencilla, y aventurar cuál será el desenlace sigue siendo demasiado arriesgado. Lo que parece claro es que Erdoğan, cada día que pasa, está adentrándose más y más en una encrucijada de la que le va a costar mucho salir; y la actitud que ha mostrado hasta ahora, criticada ya abiertamente por organismos internacionales, no le va a ayudar a encontrar la salida. La pregunta que ahora queda en el aire es si veremos en los próximos días a un Erdoğan pragmático con un discurso más conciliador o seguirá enrocándose desoyendo a la parte del país que pide su dimisión. Solo el tiempo dirá si Erdoğan ha sido capaz de aprender de sus propios errores y entender que solo a través de la conciliación logrará recuperar la credibilidad perdida.

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