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Opinión

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El 16 de abril del pasado año los ciudadanos turcos fueron llamados a votar a uno de los acontecimientos políticos más importantes en la historia de Turquía: un referéndum para cambiar el sistema político de parlamentario a presidencialista. En aquella ocasión, un escaso 51,4 % de votos a favor (no exento de polémicas, ya que aproximadamente más de dos millones de papeletas carecían de sello oficial según la oposición) permitió un cambio de régimen que permite al presidente concentrar más poder.

De este modo, las elecciones presidenciales quedaban fijadas para noviembre de 2019, sin embargo, hace aproximadamente dos meses, el presidente Recep Tayyip Erdoğan anunció su adelanto para el próximo domingo día 24 de junio, es decir, un año y medio antes de lo previsto. “Las operaciones en marcha en Siria y los sucesos históricos que se viven en la región nos obligan a superar las incertidumbres. Para poder aplicar nuestras decisiones con aún más fuerza, es urgente pasar al nuevo sistema de Gobierno (presidencialista)”, aseguraba en una rueda de prensa. Mucho peso tuvo en esta decisión su socio de gobierno, el ultranacionalista Partido de Acción Nacionalista (MHP), ante la caída de la divisa turca (se cotiza aproximadamente a 5,5 por euro, y 4,7 por dólar), una inflación alrededor del 12%, y un creciente desempleo. Pero las razones del adelanto no se justifican solo por motivos económicos. Evitar que el recién fundado Partido Bueno (İyi Parti) tuviese opciones de participar en los comicios parece ser otra de las causas del adelanto. Su líder Meral Akşener (antigua miembro del partido MHP), se dirige a un electorado similar al de Erdoğan con un discurso de centroderecha conservador y nacionalista, lo que suponía una serie amenaza a sus ambiciones políticas si conseguía participar en los comicios.

Así pues, el adelanto de las elecciones dejaba un margen de dos meses (el mínimo que fija la constitución) para tramitar las candidaturas y realizar las campañas electorales de los respectivos partidos. Un tiempo escaso que, sin embargo, ha dado pie a una serie de cambios que invitan al optimismo en parte de la oposición turca. En primer lugar, el Partido Bueno sí ha podido presentar candidatura, y los sondeos sitúan su intención de voto alrededor del 15%. A diferencia de otros partidos de la oposición, sus potenciales votantes ya no escogerían al Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) ni a su líder y actual presidente del país, Recep Tayyip Erdoğan. Este trasvase del voto, junto a la alianza con el Partido Republicano del Pueblo (CHP) -partido fundado por Mustafa Kemal Atatürk y principal opositor-, el islamista Felicidad (Saadet) y el Partido Demócrata podría poner en serios aprietos la obtención de un 50% de los votos a Erdoğan, el mínimo necesario para poder convertirse en jefe de Estado y de Gobierno.

Una coalición histórica en la que se negoció la candidatura de un candidato único entre todos los partidos, pero que finalmente fracasó. Pese a ello, los sondeos muestran opciones reales de la coalición a obtener la mayoría parlamentaria, aunque parece que todo estará más ajustado en la disputa presidencial- recordemos que los turcos están llamados a votar tanto para la formación del parlamento como para la elección del presidente- dónde la flamante figura del nuevo líder del Partido Republicano del Pueblo, Muharrem İnce, se erige con firmeza cómo la principal alternativa en la carrera presidencial, y más teniendo en cuenta que los partidos que conforman la coalición se han comprometido a votar a cualquier candidato que dispute a Erdoğan el cargo presidencial. “Tenemos mucha esperanza, esta vez sí”, asegura una simpatizante del partido que reparte folletos del mismo en la calle.

Quién no forma parte de la coalición es el Partido Democrático de los Pueblos (HDP), prokurdo e izquierdista y con su líder Selahattin Demirtaş en la cárcel desde hace 20 meses, acusado de tener vínculos con el grupo armado Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) y que se enfrenta a una posible condena de 142 años. Este hecho no ha impedido que sea el candidato del partido para estas elecciones. Se calcula que un 20% de la población de Turquía son kurdos, siendo la minoría étnica más extensa en el país, lo que supone un factor clave en los resultados electorales, y más teniendo en cuenta que en las elecciones celebradas en junio de 2015, el AKP perdía por primera vez en trece años su mayoría absoluta cómo consecuencia de la entrada, también por primera vez, del HDP al parlamento al superar el umbral del 10% de los votos. Unos comicios que reflejan la división en Turquía respecto a su actual presidente, que le reafirmarían y le dotarían de grandes poderes, o pondrían fin a una etapa política que empezó en el año 2002 y que, tras el fallido golpe de estado de julio de 2016 vive en un permanente estado de emergencia que ha posibilitado el encarcelamiento de periodistas y numerosos diputados del HDP, la expulsión de académicos de sus puestos de trabajo, el cierre de medios de comunicación y un creciente miedo en la sociedad turca. Un cara o cruz en unas elecciones cruciales donde su adelanto podría tener un efecto bumerán contra Erdoğan.

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