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Opinión

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Debido a la intensidad de la agenda en Turquía no tuve tiempo de leer sobre la situación política en Sri Lanka, así que fue sólo tras llegar a esta bonita isla durante la primera semana del pasado diciembre que pude ver que el país estaba en mitad de una crisis política muy seria.

En octubre, el presidente Maithripala Sirisena había expulsado al primer ministro Ranil Wickremesinghe para sustituirlo por el antiguo presidente del país, Mahinda Rajapaksa. Cuando Wickremesinghe le desafió con un voto de confianza, (Sirisena) suspendió el parlamento, pero la Corte Suprema rechazó su decisión y dijo que emitiría un veredicto final en diciembre.

Cuando llegué al país, había dos primeros ministros y la gente estaba esperando a la decisión de la Corte Suprema. Mientras visitaba las principales atracciones turísticas del país, la gente local se quejaba sobre la caída en el número de turistas debido a la crisis política, lo que me sorprendió dado que no se había producido ninguna violencia.

Más tarde descubrí que el que los países occidentales desaconsejaran viajar, había tenido su impacto sobre el sector turístico del país.

¿Por qué los países occidentales emitían una advertencia sobre viajar en ausencia de violencia? Parece que frente a Rajapaksa, apoyado por China, los países de Occidente estaban apoyando a Wickremensinghe y que esa era una de las formas en que ejercían presión sobre el presidente.

Los ceilandeses son afortunados de que Occidente recurriese a un método más sofisticado y sutil.

Ese no es el caso en Venezuela, donde actualmente hay dos presidentes. Los Estados Unidos y algunos de sus aliados corrieron a reconocer al presidente del parlamento del país, Juan Guaidó, quien se declaró a sí mismo presidente interino frente al hombre fuerte del país, Nicolás Maduro, como presidente de Venezuela.

No hay duda de que Venezuela se encuentra en un colapso económico que tenía que convertirse en una crisis política. La cuestión clave aquí es, ¿quién es el responsable de este colapso? Algunos argumentan que se debe a las políticas populistas promovidas por su predecesor, Hugo Chávez, quien dependía demasiado de los espectacularmente elevados ingresos del petróleo que le dieron un inmenso apoyo electoral. Pero al trastocar el equilibrio y el control del sistema, el país no pudo afrontar las dificultades económicas que se iniciaron con la caída en los precios del petróleo.

Otros argumentan que las políticas de Chávez iban en contra de la estrategia económica de los Estados Unidos en América Latina, y que las dificultades del país se vieron exacerbadas debido a los esfuerzos por sabotear la economía llevados a cabo por Washington, que se cree estuvo tras el golpe de Estado contra Chávez en 2002.

La respuesta a las causas de la actual crisis, probablemente se encuentre entre estos dos razonamientos.

Mientras que Maduro continúa disfrutando del apoyo de su electorado principal, sufre de una seria crisis de legitimidad, según Aylin Topal, quien dirige el Centro de Investigación para Latinoamérica y Norteamérica de la Universidad Técnica de Oriente Medio (Ankara). Maduro ganó las elecciones de 2013 con un estrecho margen. Y en las elecciones del año pasado, que fueron boicoteadas por el 54% del país, Maduro ganó con el 68% de los votos pero perdió 1,7 millones en comparación con los votos que recibió en las elecciones de 2013, según dijo Topal en una entrevista con el diario Birgün.

Así que la cuestión aquí es si la crisis de legitimidad sufrida por un líder político les da legitimidad a las potencias foráneas para interferir abiertamente tomando partido abiertamente por una de las partes.

Turquía parece rechazar la intervención exterior a costa de alinearse con un líder que es altamente contestado en su propio país.

Cuando uno mira la posición de Turquía sobre Venezuela, que está basada en mostrar pleno apoyo a Maduro, uno puede encontrar trazas de las lecciones adquiridas por la actual élite política turca en experiencias pasadas.

Hasta la llegada del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AK Parti) en 2002, los golpes de Estado que había tenido lugar en Turquía habían sido llevados a cabo todos por las Fuerzas Armadas Turcas. El ejército, debido a su carácter secular, era visto como un enemigo por aquellos que siguen la tradición religiosa/conservadora, que constituye la base fundamental del AKP. Y siempre ha habido una convicción general de que los golpes militares, especialmente el de 1980, fueron apoyados por Washington.

El hecho de que Muhammed Mursi de los Hermanos Musulmanes, que llegó al poder mediante elecciones, fuese derrocado por un golpe militar en Egipto, incrementó la alergia entre las élites del AKP contra Washington cuando los Estados Unidos y sus aliados rápidamente apoyaron a los líderes militares de Egipto como los legítimos gobernantes del país.

La confianza del AKP hacia el respeto a los principios democráticos en Occidente se deterioró aún más cuando el gobierno turco sobrevivió a un golpe de Estado organizado por la organización FETÖ, cuyo líder continúa residiendo los Estados Unidos, que se niega a extraditarlo.

Así que resulta justo decir que la experiencia de las élites gobernantes en Turquía y sus agravios personales juegan un importante papel a la hora de conformar la posición de Turquía en la crisis de Venezuela.


 

Artículo traducido del original publicado el 29-01-2019 en la edición internacional del diario turco Hürriyet.

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